viernes, 26 de mayo de 2017

AL REVÉS



-¡No puedo creerlo! –Dijo Elizabeth Komadina, mientras se levantaba de la cama –, todo era verdad…, todo lo que decían los libros, la biblia, la TV… ¡es verdad que existe el fin!, y es aquí y ahora, está sucediendo. ¿Qué voy hacer…?
Elizabeth salió corriendo de su casa, y miró a todos lados angustiada; habían otras personas haciendo lo mismo, la gente miraba el cielo como esperando que algo cayera o algo subiera.
-¡Oh, Dios santo! –alguien dijo.
-Pero… ¿Qué demonios está pasando? Es el gobierno otra vez y sus experimentos –refunfuñó un anciano que salía de su casa, con los pantalones casi abajo.
Unos niños que pasaban en bicicleta se detuvieron a mirar el cielo, la gente de  los automóviles hacían lo mismo.
-¡Miren  pa’ Allá! –Exclamó una señora con unas bolsas en la mano –, un tomate cayó y rodó por el suelo.
Elisabeth volteó rápidamente y miró donde la mujer apuntó con su mano.
-¿Es rojo o es negro…que es eso? –murmuró Elizabeth, arrugó la vista para ver mejor.
-No es na’ de eso mi niña –dijo la señora de las bolsas –, tampoco son los experimentos del gobierno, ahí viene el mal… ¡ese mismo! El de la biblia pue’.
Elizabeth  comenzó a temblar y sus ojos se hincharon en llanto.
-¡No llore niña! ¡Esa es cosa pa’ los pecaore pa’ ustée no!
Una frisadura en el pavimento se abrió, y de su abertura comenzó a salir agua. Un temblor inaudible surcó en la profundidad de la tierra, pero no se movió una mosca en la superficie.
- ¡¿Sintieron eso…?! –Dijo el anciano –, no creo que el gobierno este allá abajo –el anciano se estremeció.
-¡Es el mundo mi niña! Se está dando vuelta –dijo la anciana de las bolsas.
-¡Qué está diciendo vieja loca! –Dijo el otro anciano–, no confunda a la niña, esto es solo…es solo… ¡Válgame! No sé qué rayos es esto.
-¡Miren! –gritaron los niños de la bicicleta y apuntaron al lado opuesto de la calle.
-¡Madre santa! Es el mar, se está doblando el mar, y viene hacia acá –agregó Elizabeth.
El mar estaba en el cielo, y los peces caían como larvas de moscas, y se azotaban en el suelo.
-¡Oh! ¡Que infamia! ¿Así se describe en la biblia…? –dijo la madre de uno de los niños.
A lo lejos un enorme calamar calló sobre un edificio, tenía los ojos llenos de plancton y con sus tentáculos ventosos intentaba agarrarse lo más que podía del edificio.
-¡No eñora’! también hay estas bestias –dijo la anciana y soltó la bolsa de mercaderías de sopetón –, el pulpo ese… ¿está muerto o nos atacará…?
-No lo sé.
-¿Y quién é ustée?
-Soy Viviana.  ¡Anciana!;  la madre de estos niños y su vecina.
-¡Mira! ¡Aónde no venimo a encontrar! En el fin del mundo, yo soy Cleo –dijo la anciana en tono displicente y gracioso.
-¡Silencio! –Dijo Elizabeth –, algo está pasando, ¿escuchan eso…?
Un ruido estruendoso como un relámpago irritó el oído de todos los habitantes. La mitad del cielo era mar, y la otra mitad era cielo. La única mitad de cielo se comenzó a desprender del mar, se fue dando vuelta hasta llegar a los pies de los habitantes, y la tierra se juntó con el mar en el cielo, revolviéndose como una centrifuga. Todo era una confusa masa de elementos.
-¡No puedo creerlo! –Exclamó Elizabeth –, estoy pisando el cielo… ¡Estamos pisando el cielo! –Gritó convulsionada –, también estoy arriba, me veo, es como si una parte de mí se desprendiera en dos dimensiones.
-¡mi bolsa de mercaderías! ¡Esta allá arriba! En el mar, que hace ahí y yo acá en el cielo –dijo Cleo.
-Lo mismo pasa con las bicicletas –agregó Viviana.
-¡Qué Diablos! –farfulló el anciano, y saco una petaca de whisky del bolsillos –, si voy a morir será jaraneando.
-¡Mamá! Estoy asustado –dijo un niño de Viviana –quiero que vuelva mi bicicleta.
-¡Tranquilo mi amor! Solo abrásame –Viviana le tapó los ojos.
El anciano lo miró con negación, como queriendo decir: que bruto de niño llorando por su bicicleta en el fin del mundo.
-¿Por qué no nos caemos? –interrumpió Elisabeth.
-No lo sé. Pero por una extraña razón magnética, nadie se cae para arriba y nosotros flotando por encima del cielo.
Un cardumen de peses pasó por los pies de Elizabeth, escapando de unas gaviotas que querían devorarlas.
-¿Hasta cuándo seguirá? Me siento extraña… ¿estoy flotando o estoy pisando? Debe ser una broma o un mal sueño –dijo Viviana.
-No, esto es real –susurró Elizabeth –, creo que era verdad lo de los libros, lo de la Biblia y todo eso que nos dijeron, todo el miedo, todos los pecados…debí ser más perceptiva y no tan incrédula toda mi vida.
-¡No te trates mal niña! –dijo la anciana –, aquí toó’ hemos sufrido…y hemos pecado.
Nadie se salva del juicio del toó poderoso…
-¡Deberás! ¿Y quién eres tú vieja…? –Preguntó el anciano burlescamente –, ¿no creerás lo que dice ese libro de porquería?  
-Soy tu vecina viejo bruto,  La Cleo, así me dicen por aquí; y tú eres el “tal Alberto”, el viejo verde que molesta a las niñas… te he visto sinvergüenza ¡este sí que es un pecaor!
-¡Ah! Es que a mí me gustan las jovencitas y no las arrugadas como tú –gruño Alberto.
- ¿Y ahora qué pasa? –Concluyó Elizabeth –, ¡miren! ¿Qué viene allí…arriba de la ola?
-Oh, Dios. Es  un barco –masculló Viviana –, y viene hacia acá, hay mucha gente ahí atrapada ¡pobres! Quizá nadie le ha explicado lo que pasa.
-Y que lujosa que es…cuando joven me acostaba con señoritas en barcos como ese –dijo Alberto y bebió un trago de whisky con su mano seca y  temblorosa.
-¡Qué asco, viejo! –terció Cleo.
El barco estaba en la cresta de la ola, se inclinaba de punta, lentamente, entre escombros y revoltijos de tierra, con raíces de árboles, agua de mar, de ríos, de lagos; fieras marinas  y animales salvajes que rodaban en cámara lenta, en un remolino central de cielo y fuego que producía explosiones y rayos eléctricos, que parpadeaban entre la tormenta y la fragilidad de un horizonte inconexo y lúgubre.
-¡Se nos viene encima!  El barco… ¡huyan! –dijo Elizabeth
Los habitantes intentaron huir, pero era imposible caminar en el cielo, sus pies se movían como patitas de oruga, que flotaban debajo de un vidrio cóncavo juntando a todos en su centro.
-¡Es imposible! –gritó Alberto mientras su petaca de whisky se soltaba de su arrugada  mano, dejando que el líquido flotara hacia abajo y hacia arriba.
-¡Mamá! Nos resbalamos, no podemos huir –dijeron los niños –nuestras bicicletas… ¡mira! Están abajo entre las nubes, y la lluvia…la lluvia…estamos por encima de ella
-¡Aaaahhhh! –Se escuchó un grito desde lo alto, que provenía  del barco.
 Y después decenas de cuerpos comenzaron a caer…pero rebotaban en el suelo-cielo, como globos inflables.
-¡Aghgggggh! –un gritó de espanto trino, una mujer calló a los pies de Alberto.
-¡Permítame dama! –dijo–, y su aliento de dragón peinó a la incontrolable mujer.
-¡No has perdido tus modales! Siempre fuiste un fresco y hueles a alcohol –dijo la mujer.
-¡Ana! ¡Ana! ¡Por mi santa madre! ¿Cómo es posible? –dijo Alberto –, la última vez que nos vimos fue en el viejo cementerio.
-¿De qué hablas viejo loco?
-Yo nunca he estado en un cementerio contigo; hemos estado aquí en esta ciudad los últimos veinte años.
-¡No! Ana, mi amor, te enterré en el viejo cementerio, hace ya más de veinte años. ¡No lo puedo creer! Tus ojos…tus ojos aun brillan como aquella vez que te conocí… –Alberto estaba perplejo y boquiabierto al ver que su mujer lo besaba en la mejilla después de tanto tiempo –, entonces es verdad…, este debe ser el fin, de lo  contrario no se explica que tú estés aquí.
-Para mí no ha pasado tiempo Alberto, yo siempre he estado aquí contigo en esta ciudad, con estos vecinos y habitantes. –Ana dio un golpecito en la espalda de Alberto, y se tranquilizó.
-¡Eh! ¡Oiga! Que ueno’ que uteé ha llegado –dijo Cleo –, mire que su mario’ se ha puesto fresco con la niña, se queo’ atrasao’, piensa que aun e joven la bestia.
-¡Bienvenida! –Se pronunció Elisabeth –, un momento…, usted debe saber lo que está pasando aquí. ¡Ya se dio cuenta! El cielo está a sus pies y el mar está arriba, usted y todas estas personas han caído del barco, o crucero, da lo mismo.  ¿Sabe lo que paso? ¿Y porque el anciano dice que usted murió hace veinte años?       
-Yo no sé mucho jovencita. Pero los pasajeros de este barco se preguntan lo mismo… toda esta gente que ve usted aquí –señaló con su mano a los cuerpos que caían del barco y rebotaban como hule –, tienen un familiar que ha muerto o desaparecido. 
-Es el Clavius  -agregó Viviana.
-¿Clavius? –Repuso Elizabeth –, se tomó la cabeza con ambas manos, negando sin entender.
-Es el crucero que se hundió,  hace años, en 1997 creo que fue cerca de la bahía de la ciudad. Lo recuerdo bien, había llegado hace poco a vivir acá, era solo una niña…, pero en las noticias no dijeron mucho. El suceso paso desapercibido.
-¡No puede ser posible! –añadió Elizabeth–, es como si el tiempo se entrelazó dando apertura a nuevos portales. Por lo tanto, el hecho sucedió, solo que esta convergiendo en el mismo momento en que nosotros flotamos hacia abajo. O hacia arriba, ya da igual.  
-¡Esto sí que es de orate! Dios es un niño quemado hormigas con una lupa, y nosotros estamos en el centro del hormiguero literalmente, y,  precisamente, no sé si quemándonos en el infierno o preparándonos para la vida eterna. –Viviana se puso en cuclillas y abrazó a los niños que yacían asustados–, ¡Hijos míos! Solo quiero decirle que los amo, su padre y yo hemos dado la vida entera por verlos nacer… no tengan miedo, estoy segura de que nos reuniremos con él allá arriba o acá abajo, en fin, donde sea, él estará con nosotros… –sollozó 
-¡Oh! Viviana no sabía que tu esposo había… –masculló Alberto, fue interrumpido por un estruendo.
¡Bam! ¡Tum! ¡Tum! ¡Tum!
-¿Qué es eso? –dijo Ana asustada.
-No lo sé, pero está justo debajo de nuestras narices –agregó el anciano. Y sus piececillos de oruga flotaban simulando caminar en el cielo-suelo
 -Estamos sobre la nube, pero la tormenta va en dirección opuesta, los peces y  gaviotas huyen. Algo está pasando.
-¡Es el demonio! O el calamar ese que calló al edificio, viene por lo pecaores’ –dijo Cleo compungida.
-¡Mamá tengo miedo! –sollozaron los niños.
-Sea lo que sea, permanezcamos unidos –baladró Elizabeth –. Alberto, decidle a los demás que se junten, todas las personas que han caído del barco y nosotros. Lo que venga lo enfrentaremos sin más nada. Si este es el final, les deseo a todos mucha paz al mundo donde vayamos. No hice mucho en mi vida, y soy muy joven para amar con tanta devoción como ustedes lo han hecho. Pero de algo si estoy segura…, podemos hacer un mundo mejor a donde vayamos para todos. Soy Elizabeth Komadina, quizás la más pecadora de este grupo. Así es, viví en la dejación y la displicencia. Nunca hice nada más que preocuparme de mi misma en todo momento. Y pido perdón por todo aquello.
-Eso sonó a discurso de despedía’ ¡mi niña! –dijo Cleo tiernamente.
¡Bam! ¡Tum! ¡Tum! ¡Tum!
-¡Ahí vienen!, las pisadas o ¿Qué diablos sea? –gritó Alberto.
El vidrio cóncavo que sostenía a los habitantes comenzó a trisarse en el cielo-suelo, y todo comenzó a acomodarse en sentido inverso. Los habitantes comenzaron  a caer desde el cielo-suelo hacia el mar-tierra por debajo de un revoltijo de elementos incandescentes e indefinibles; una mujer calló en el techo de una casa, revotó y fue a dar a la ventana de su pieza que estaba en llamas. Todos parecían muertos, pero sólo cambiaron de posición al lado “B” de lo que alguna vez fueron; la gente se sacudió, se levantó y se caminaron a sus hogares como zombis en una dimensión paralela. –Alguien dijo sarcásticamente –, ¡Es solo la transformación del mundo, la vuelta al paraíso!  Un olor a mar se hizo intenso, llovía para todas direcciones, y caían seres humanos como gotas que sangran del cielo-averno, bestias del mar salieron lentamente de las aguas, altas y deformes se paseaban ignorando a los humanos. De pronto, algo mágico sucedió, no solo el hecho de que el mundo se encontrará deforme, sino que todos los objetos que alguna vez dominó el ser humano paso a ser víctima de macabras transformaciones; las gaviotas y los peces  se volvieron gigantes y prehistóricos; los calamares, lagartos y serpientes  tomaron forma semi-humana y deambulaban junto a los habitantes; las aves de la montaña chillaban, anunciando el comienzo del juicio final.

¡Bam! ¡Tum! ¡Tum! ¡Tum!
Y entre la maleza asomó su nariz el innombrable. Una garra en el vidrio cóncavo deslizo su uña filosa como eligiendo al azar. Los habitantes y especímenes desfigurados huyeron  como cucarachas a su cueva.
-¡Pensé por un momento, que nos habíamos salvado! –dijo Alberto y beso a su esposa muerta.
-De ninguna manera –sollozó Elizabeth –, esto es la tierra…, así son las cosas en el mundo.


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