-¡No
puedo creerlo! –Dijo Elizabeth Komadina, mientras se levantaba de la cama –,
todo era verdad…, todo lo que decían los libros, la biblia, la TV… ¡es verdad
que existe el fin!, y es aquí y ahora, está sucediendo. ¿Qué voy hacer…?
Elizabeth
salió corriendo de su casa, y miró a todos lados angustiada; habían otras
personas haciendo lo mismo, la gente miraba el cielo como esperando que algo
cayera o algo subiera.
-¡Oh,
Dios santo! –alguien dijo.
-Pero…
¿Qué demonios está pasando? Es el gobierno otra vez y sus experimentos
–refunfuñó un anciano que salía de su casa, con los pantalones casi abajo.
Unos
niños que pasaban en bicicleta se detuvieron a mirar el cielo, la gente de los automóviles hacían lo mismo.
-¡Miren pa’ Allá! –Exclamó una señora con unas bolsas
en la mano –, un tomate cayó y rodó por el suelo.
Elisabeth
volteó rápidamente y miró donde la mujer apuntó con su mano.
-¿Es
rojo o es negro…que es eso? –murmuró Elizabeth, arrugó la vista para ver mejor.
-No es
na’ de eso mi niña –dijo la señora de las bolsas –, tampoco son los
experimentos del gobierno, ahí viene el mal… ¡ese mismo! El de la biblia pue’.
Elizabeth comenzó a temblar y sus ojos se hincharon en
llanto.
-¡No
llore niña! ¡Esa es cosa pa’ los pecaore pa’ ustée no!
Una
frisadura en el pavimento se abrió, y de su abertura comenzó a salir agua. Un
temblor inaudible surcó en la profundidad de la tierra, pero no se movió una
mosca en la superficie.
-
¡¿Sintieron eso…?! –Dijo el anciano –, no creo que el gobierno este allá abajo
–el anciano se estremeció.
-¡Es el
mundo mi niña! Se está dando vuelta –dijo la anciana de las bolsas.
-¡Qué
está diciendo vieja loca! –Dijo el otro anciano–, no confunda a la niña, esto
es solo…es solo… ¡Válgame! No sé qué rayos es esto.
-¡Miren!
–gritaron los niños de la bicicleta y apuntaron al lado opuesto de la calle.
-¡Madre
santa! Es el mar, se está doblando el mar, y viene hacia acá –agregó Elizabeth.
El mar
estaba en el cielo, y los peces caían como larvas de moscas, y se azotaban en
el suelo.
-¡Oh!
¡Que infamia! ¿Así se describe en la biblia…? –dijo la madre de uno de los
niños.
A lo
lejos un enorme calamar calló sobre un edificio, tenía los ojos llenos de
plancton y con sus tentáculos ventosos intentaba agarrarse lo más que podía del
edificio.
-¡No
eñora’! también hay estas bestias –dijo la anciana y soltó la bolsa de
mercaderías de sopetón –, el pulpo ese… ¿está muerto o nos atacará…?
-No lo
sé.
-¿Y
quién é ustée?
-Soy
Viviana. ¡Anciana!; la madre de estos niños y su vecina.
-¡Mira!
¡Aónde no venimo a encontrar! En el fin del mundo, yo soy Cleo –dijo la anciana
en tono displicente y gracioso.
-¡Silencio!
–Dijo Elizabeth –, algo está pasando, ¿escuchan eso…?
Un
ruido estruendoso como un relámpago irritó el oído de todos los habitantes. La
mitad del cielo era mar, y la otra mitad era cielo. La única mitad de cielo se
comenzó a desprender del mar, se fue dando vuelta hasta llegar a los pies de
los habitantes, y la tierra se juntó con el mar en el cielo, revolviéndose como
una centrifuga. Todo era una confusa masa de elementos.
-¡No
puedo creerlo! –Exclamó Elizabeth –, estoy pisando el cielo… ¡Estamos pisando
el cielo! –Gritó convulsionada –, también estoy arriba, me veo, es como si una
parte de mí se desprendiera en dos dimensiones.
-¡mi
bolsa de mercaderías! ¡Esta allá arriba! En el mar, que hace ahí y yo acá en el
cielo –dijo Cleo.
-Lo
mismo pasa con las bicicletas –agregó Viviana.
-¡Qué
Diablos! –farfulló el anciano, y saco una petaca de whisky del bolsillos –, si
voy a morir será jaraneando.
-¡Mamá!
Estoy asustado –dijo un niño de Viviana –quiero que vuelva mi bicicleta.
-¡Tranquilo
mi amor! Solo abrásame –Viviana le tapó los ojos.
El
anciano lo miró con negación, como queriendo decir: que bruto de niño llorando por su bicicleta en el fin del mundo.
-¿Por
qué no nos caemos? –interrumpió Elisabeth.
-No lo
sé. Pero por una extraña razón magnética, nadie se cae para arriba y nosotros
flotando por encima del cielo.
Un
cardumen de peses pasó por los pies de Elizabeth, escapando de unas gaviotas
que querían devorarlas.
-¿Hasta
cuándo seguirá? Me siento extraña… ¿estoy flotando o estoy pisando? Debe ser
una broma o un mal sueño –dijo Viviana.
-No,
esto es real –susurró Elizabeth –, creo que era verdad lo de los libros, lo de
la Biblia y todo eso que nos dijeron, todo el miedo, todos los pecados…debí ser
más perceptiva y no tan incrédula toda mi vida.
-¡No te
trates mal niña! –dijo la anciana –, aquí toó’ hemos sufrido…y hemos pecado.
Nadie
se salva del juicio del toó poderoso…
-¡Deberás!
¿Y quién eres tú vieja…? –Preguntó el anciano burlescamente –, ¿no creerás lo
que dice ese libro de porquería?
-Soy tu
vecina viejo bruto, La Cleo, así me
dicen por aquí; y tú eres el “tal Alberto”, el viejo verde que molesta a las
niñas… te he visto sinvergüenza ¡este sí que es un pecaor!
-¡Ah!
Es que a mí me gustan las jovencitas y no las arrugadas como tú –gruño Alberto.
- ¿Y
ahora qué pasa? –Concluyó Elizabeth –, ¡miren! ¿Qué viene allí…arriba de la
ola?
-Oh,
Dios. Es un barco –masculló Viviana –, y
viene hacia acá, hay mucha gente ahí atrapada ¡pobres! Quizá nadie le ha
explicado lo que pasa.
-Y que
lujosa que es…cuando joven me acostaba con señoritas en barcos como ese –dijo
Alberto y bebió un trago de whisky con su mano seca y temblorosa.
-¡Qué
asco, viejo! –terció Cleo.
El
barco estaba en la cresta de la ola, se inclinaba de punta, lentamente, entre
escombros y revoltijos de tierra, con raíces de árboles, agua de mar, de ríos,
de lagos; fieras marinas y animales
salvajes que rodaban en cámara lenta, en un remolino central de cielo y fuego
que producía explosiones y rayos eléctricos, que parpadeaban entre la tormenta
y la fragilidad de un horizonte inconexo y lúgubre.
-¡Se
nos viene encima! El barco… ¡huyan!
–dijo Elizabeth
Los
habitantes intentaron huir, pero era imposible caminar en el cielo, sus pies se
movían como patitas de oruga, que flotaban debajo de un vidrio cóncavo juntando
a todos en su centro.
-¡Es
imposible! –gritó Alberto mientras su petaca de whisky se soltaba de su
arrugada mano, dejando que el líquido
flotara hacia abajo y hacia arriba.
-¡Mamá!
Nos resbalamos, no podemos huir –dijeron los niños –nuestras bicicletas… ¡mira!
Están abajo entre las nubes, y la lluvia…la lluvia…estamos por encima de ella
-¡Aaaahhhh!
–Se escuchó un grito desde lo alto, que provenía del barco.
Y después decenas de cuerpos comenzaron a caer…pero
rebotaban en el suelo-cielo, como globos inflables.
-¡Aghgggggh! –un
gritó de espanto trino, una mujer calló a los pies de Alberto.
-¡Permítame dama! –dijo–, y su aliento de dragón
peinó a la incontrolable mujer.
-¡No has perdido tus modales! Siempre fuiste un
fresco y hueles a alcohol –dijo la mujer.
-¡Ana! ¡Ana! ¡Por mi santa madre! ¿Cómo es posible?
–dijo Alberto –, la última vez que nos vimos fue en el viejo cementerio.
-¿De qué hablas viejo loco?
-Yo nunca he estado en un cementerio contigo; hemos
estado aquí en esta ciudad los últimos veinte años.
-¡No! Ana, mi amor, te enterré en el viejo
cementerio, hace ya más de veinte años. ¡No lo puedo creer! Tus ojos…tus ojos
aun brillan como aquella vez que te conocí… –Alberto estaba perplejo y
boquiabierto al ver que su mujer lo besaba en la mejilla después de tanto
tiempo –, entonces es verdad…, este debe ser el fin, de lo contrario no se explica que tú estés aquí.
-Para mí no ha pasado tiempo Alberto, yo siempre he
estado aquí contigo en esta ciudad, con estos vecinos y habitantes. –Ana dio un
golpecito en la espalda de Alberto, y se tranquilizó.
-¡Eh! ¡Oiga! Que ueno’ que uteé ha llegado –dijo
Cleo –, mire que su mario’ se ha puesto fresco con la niña, se queo’ atrasao’,
piensa que aun e joven la bestia.
-¡Bienvenida! –Se pronunció Elisabeth –, un momento…,
usted debe saber lo que está pasando aquí. ¡Ya se dio cuenta! El cielo está a
sus pies y el mar está arriba, usted y todas estas personas han caído del
barco, o crucero, da lo mismo. ¿Sabe lo
que paso? ¿Y porque el anciano dice que usted murió hace veinte años?
-Yo no
sé mucho jovencita. Pero los pasajeros de este barco se preguntan lo mismo…
toda esta gente que ve usted aquí –señaló con su mano a los cuerpos que caían
del barco y rebotaban como hule –, tienen un familiar que ha muerto o
desaparecido.
-Es el Clavius
-agregó Viviana.
-¿Clavius? –Repuso Elizabeth –, se tomó la cabeza con
ambas manos, negando sin entender.
-Es el
crucero que se hundió, hace años, en
1997 creo que fue cerca de la bahía de la ciudad. Lo recuerdo bien, había
llegado hace poco a vivir acá, era solo una niña…, pero en las noticias no
dijeron mucho. El suceso paso desapercibido.
-¡No
puede ser posible! –añadió Elizabeth–, es como si el tiempo se entrelazó dando
apertura a nuevos portales. Por lo tanto, el hecho sucedió, solo que esta
convergiendo en el mismo momento en que nosotros flotamos hacia abajo. O hacia
arriba, ya da igual.
-¡Esto
sí que es de orate! Dios es un niño quemado hormigas con una lupa, y nosotros
estamos en el centro del hormiguero literalmente, y, precisamente, no sé si quemándonos en el
infierno o preparándonos para la vida eterna. –Viviana se puso en cuclillas y
abrazó a los niños que yacían asustados–, ¡Hijos míos! Solo quiero decirle que
los amo, su padre y yo hemos dado la vida entera por verlos nacer… no tengan
miedo, estoy segura de que nos reuniremos con él allá arriba o acá abajo, en
fin, donde sea, él estará con nosotros… –sollozó
-¡Oh!
Viviana no sabía que tu esposo había… –masculló Alberto, fue interrumpido por
un estruendo.
¡Bam!
¡Tum! ¡Tum! ¡Tum!
-¿Qué
es eso? –dijo Ana asustada.
-No lo
sé, pero está justo debajo de nuestras narices –agregó el anciano. Y sus
piececillos de oruga flotaban simulando caminar en el cielo-suelo
-Estamos sobre la nube, pero la tormenta va en
dirección opuesta, los peces y gaviotas
huyen. Algo está pasando.
-¡Es el
demonio! O el calamar ese que calló al edificio, viene por lo pecaores’ –dijo
Cleo compungida.
-¡Mamá
tengo miedo! –sollozaron los niños.
-Sea lo
que sea, permanezcamos unidos –baladró Elizabeth –. Alberto, decidle a los
demás que se junten, todas las personas que han caído del barco y nosotros. Lo
que venga lo enfrentaremos sin más nada. Si este es el final, les deseo a todos
mucha paz al mundo donde vayamos. No hice mucho en mi vida, y soy muy joven
para amar con tanta devoción como ustedes lo han hecho. Pero de algo si estoy
segura…, podemos hacer un mundo mejor a donde vayamos para todos. Soy Elizabeth
Komadina, quizás la más pecadora de este grupo. Así es, viví en la dejación y
la displicencia. Nunca hice nada más que preocuparme de mi misma en todo
momento. Y pido perdón por todo aquello.
-Eso
sonó a discurso de despedía’ ¡mi niña! –dijo Cleo tiernamente.
¡Bam!
¡Tum! ¡Tum! ¡Tum!
-¡Ahí
vienen!, las pisadas o ¿Qué diablos sea? –gritó Alberto.
El
vidrio cóncavo que sostenía a los habitantes comenzó a trisarse en el
cielo-suelo, y todo comenzó a acomodarse en sentido inverso. Los
habitantes comenzaron a caer desde el
cielo-suelo hacia el mar-tierra por debajo de un revoltijo de elementos
incandescentes e indefinibles; una mujer calló en el techo de una casa, revotó
y fue a dar a la ventana de su pieza que estaba en llamas. Todos parecían
muertos, pero sólo cambiaron de posición al lado “B” de lo que alguna vez
fueron; la gente se sacudió, se levantó y se caminaron a sus hogares como
zombis en una dimensión paralela. –Alguien dijo sarcásticamente –, ¡Es solo la
transformación del mundo, la vuelta al paraíso!
Un olor a mar se hizo intenso, llovía para todas direcciones, y caían
seres humanos como gotas que sangran del cielo-averno, bestias del mar salieron
lentamente de las aguas, altas y deformes se paseaban ignorando a los humanos.
De pronto, algo mágico sucedió, no solo el hecho de que el mundo se encontrará
deforme, sino que todos los objetos que alguna vez dominó el ser humano paso a
ser víctima de macabras transformaciones; las gaviotas y los peces se volvieron gigantes y prehistóricos; los calamares,
lagartos y serpientes tomaron forma
semi-humana y deambulaban junto a los habitantes; las aves de la montaña chillaban,
anunciando el comienzo del juicio final.
¡Bam!
¡Tum! ¡Tum! ¡Tum!
Y entre
la maleza asomó su nariz el innombrable. Una garra en el vidrio cóncavo deslizo
su uña filosa como eligiendo al azar. Los habitantes y especímenes desfigurados
huyeron como cucarachas a su cueva.
-¡Pensé
por un momento, que nos habíamos salvado! –dijo Alberto y beso a su esposa
muerta.
-De
ninguna manera –sollozó Elizabeth –, esto es la tierra…, así son las cosas en
el mundo.
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