I
Doli
Cuando
Gabriel despertó, solo pudo ver las tranquilas aguas del lago Finis en el planeta Doli. Estaba asustado, no era la primera vez que se estrellaba en
un planeta ajeno, pero si era la primera vez que se sentía lo bastante extraño
como para no tomarlo en cuenta. Doli
en apariencia, no reflejaba ser un planeta hostil, sus planicies desérticas se
iluminaban con la suavidad de una lejana estrella que los antiguos habitantes
llamaban Kun, al cual rendían tributo
en cada ciclo estelar; y siempre acompañado de un planeta Jupiteriano llamado Vesta y un satélite muerto de corto
alcance.
Gabriel
muy inquieto por su confusa situación intentó reparar los motores del cohete,
pero el impactó lo dejo inutilizable para volver al espacio; quiso comunicarse
con Zura, su planeta de origen, pero
el dispositivo de su intercomunicador espacial estaba arruinado y solo quedaba
una opción de comunicación, ir a lo alto de la montaña Kinura, un monte sagrado que los habitantes de Doli veneraban en cada festividad, he intentar comunicarse.
Se
instaló con su botiquín, a orillas del Finis
y curó sus heridas, sabía que su única esperanza real de salvarse y de
establecer comunicación con Zura,
era, atravesando las diáfanas aguas del Finis,
y subiendo a lo más alto del monte Kinura,
pues bien, sus alternativas no eran del todo alentadoras, eran más bien
insuficientes, tomando en cuenta que la temperatura en Doli baja rápidamente por la noche, y que sus heridas eran profundas.
Calculó las horas que tenia de vida, si
es que podía curar sus heridas y nadar hasta el otro lado del lago; unas 72
horas aproximadamente, con 10 horas de sueño incluida, para una recuperación
optima y un primer intento de nadar al otro lado del Finis, y siempre y cuando llegue a la cima y se comunique con el
poder central de los Zurianos, que,
para estas alturas, ya debían de estar en su búsqueda.
-Debo
intentarlo –pensó Gabriel mirando al Finis,
estaba tan suave y tranquilo como una tasa de leche.
-¡Debo
internarlo! ¡Tengo, tan solo 72 horas de vida! Si no encuentro refugio y no
logro comunicarme estaré perdido –se dijo para sí.
Gabriel
se lanzó al agua del Finis, sin más
rodeos, y abrumado por una desesperación desértica…, nadó hasta la mitad del
lago y se hundió como una roca, luego salió del agua a respirar, y se hundió
una segunda vez…, pero esta vez le costó más salir a la superficie; y fue
entonces que comprendió que si perseveraba moriría ahogado en las aguas más tranquilas
del universo. Analizó su situación y decidió volver a la orilla; pensó: -¿Qué
traicioneras son las aguas del Finis?
¿Por qué no dan tregua a mis heridas?–, luego se quedó dormido en las áridas y
pedregosas arenas del mar desértico de Doli.
II
Finis
Una vez
más volvió a despertar en el desértico planeta, remembrando su fatídico intento
de nadar al extremo opuesto del Finis,
allí, donde está la montaña que le entregará la posibilidad de seguir con vida.
Sus ojos estaban a medio abrir; cuando en un instante y con su vista nublada,
pudo percibir que de lejos, entre la niebla del lago, se acercaba lentamente
una Barcaza o barca con un hombre en su interior, llevaba un remo largo
negruzco, y una túnica negra tapaba su rostro; Gabriel pensó: – ¿Será un
antiguo Maestro de los montes de Kinura?
–, recordó que alguna vez, en los bosques de su frondoso y verde planeta, un
anciano de la arboleda ancestral se acercó a pedirle ayuda para avanzar hacia
su tierra, llevaba una túnica larga y bastón, pero jamás vio su rostro, el
hombre le dijo: “¿Sabe usted buen joven, cómo llegar desde el río de la
arboleda, hasta las puertas de la ciudad?” Luego Gabriel miró con extrañeza al
monje y le contesto: Debes seguir la senda del río, anciano, y caminar sin
ansias ni devoción, porque el bosque Zuriano
oculta un martirio al caminante necio. Entonces el anciano caminó a paso lento
hasta perderse en la bruma del río. Y recordó que ese bosque de noble belleza,
abrazó al anciano hasta perderse entre los árboles.
La barca
siguió acercándose en parsimonia ligereza, y una bruma suave aromática comenzó
a descender; desde la montaña se podía oler su frescura, hasta abastecerse por
todo el Finis, como el vapor de baño,
de las musas en primavera. Gabriel no pudo descifrar si la figura que remaba en
la barcaza era un hombre o bien un habitante, plebeyo o maestro de las ruinas
de Kinura, o tal vez un ser o ente de
alguna dimensión o planeta cercano, o bien un miembro tribal de Doli…, en fin, solo notaba que mientras
más se acercaba la barca, más tranquilidad en su alma oscilaba, y más en calma
su corazón palpitaba, entonces pensó en aquella tranquilidad que se disipaba en
su cuerpo, y volvió a remembrar la nobleza del bosque Zuriano de su niñez, y
aquello era bueno.
III
Kun
Y así,
Gabriel vio como aquel hombre de túnica larga y remo fino alargado se acercaba
hasta la orilla del Finis, y pudo ver
como el rostro del misterioso hombre eclipsaba con la estrella de Kun. Se sintió feliz, y recordó su
niñez, una vez más un hombre en las viejas calles de Zura, pero esta vez; quien se encontraba perdido y abrumado era
Gabriel, y el pequeño no sabía llegar a las puertas de la ciudad; el hombre lo
vio desvalido y le dijo: – ¿Qué hacéis aquí, entre tantos hombres ciegos, si
tan solo sois un niño? Pues así, y con
tal inocencia, es como encontrareis el camino, o quedareis varado en estas
sucias calles de mármol –, luego recordó
que respondió en voz baja y tímida: “No os preocupéis viejo hombre, que no solo
he nacido para ser estorbo de esta tierra, más por intuición sigo los senderos
del camino y de la vida, y me aferro a ella día a día”. Gabriel y muchos
hombres más, un compilado de ancianos en su vida, nobles, plebeyos y príncipes
se topó en los andares, pero nunca jamás uno como aquel anciano de su niñez.
La
encrucijada había llegado, el hombre de la barcaza vio su rostro acongojado
entre la arena del silente planeta y repuso:
-Te he
visto descender del cielo, como un bólido
de fuego, sé de tu guapeza, pero más no queda realeza, que salvar tu vida en el
tiempo y espacio adecuado…, el tiempo se acaba y no lograste cruzar de nado el Finis. Te ofrezco que cruces en mi
barca, más sin dadiva o regalía alguna.
Gabriel
vio que el ofrecimiento fue sincero, y no sufrió blasfemia u hostil beligerancia hacia él…,
sintió que las aguas del Finis cobijaron
sus heridas y llenó su corazón de dicha.
-Si de
mí, algo quieres, estas perdido; más nada os podré ofrecer –Contestó Gabriel –;
mi cohete se estrelló, y necesito llegar a la cima del Kinura, del otro lado del Finis para poder sobrevivir.
-No te
pido nada forastero, solo os quiero ayudarte a cruzar –insistió el hombre.
-¿De
dónde vienes? ¿Quién eres? ¿Por qué navegas en estas puras aguas? –pregunto
Gabriel.
-Vengo
del cielo y del infierno, de los cantares angelicales y de la guillotina del
hades, he estado en otros planetas…, fundando; lo mismo que amo en Doli. Y soy un maestro de las montañas.
En Marte morí, pero en Venus reviví y ahora solo vivo en Doli, esperando que la era pase.
Gabriel
miró al maestro sin entender sus referencias y lugares sagrados.
-¡Es
hora! –dijo el Maestro –debes subir a la barca, no te queda mucho tiempo.
-¿Cómo
sabes del tiempo? –Inquirió Gabriel –, yo solo tengo 72 horas de vida, si no
logro cruzar moriré, es por un cálculo matemático.
-No hay
cálculos matemáticos para la muerte, ni ciencia…, y el tiempo no es más que un
niño sin amamantar; si la muerte ha de venir, vendrá y arrugará tu corazón si
más que perder, es así, en otros mundos y lo es aquí también –contestó el
barquero –, ¡Venid! ¡Oríllate y tomad mi mano! Que te llevaré del otro lado,
sin más preámbulos, no os pido nada más que tu voluntad y apaciguaré el navego por las aguas del Finis.
Gabriel
tomó la mano del barquero, y se subió a la barca en reverencia y pleitesía. Se
acurrucó en un extremo, opuesto al Maestro, y de su rostro no vio ni silueta o
contorno; una tranquilidad infinita se apoderó de su alma, mientras la barca se
deslizaba elegante en las diáfanas aguas del Finis, y recordó que una vez ya entrado en años, un anciano de los
cientos que conoció se acercó en una feria Zuriana
y le dijo: – ¿Cómo sabéis que parte del cielo es eterno? ¿Y qué parte del
infierno es temporal? – Gabriel miro aquel anciano, y en su rostro desvalido vio ventura, más no comprendió tan
extraña pregunta, pero sin embargo, respondió: “No sé de qué planeta o galaxia
traes aquellas inquietudes, ¡Oh! Sabio del atardecer, pero sé que estos
habitantes Zurianos viven en un cielo
temporal, y de bajo aliento, como le llamas, y más su egoísmo es su propio
infierno inmemorial” En dicho encuentro el anciano huyó de Zura inmediatamente, y Gabriel suspiró bajo los rayos del sol.
-¿Puedes
ver aquellas aves? –preguntó el Barquero mientras navegaba.
-Sí,
son infinitas y de múltiples colores –respondió Gabriel.
-Son
las aves del Finis, hay tantas como
puedes imaginar, han estado aquí, en Doli,
desde el nacimiento del planeta. Su canto, ¡Escuchad su canto!, es el idioma de
otros mundos, otros soles, otras estrellas también iluminaron su alma, y en
otros mundos también cantaron aquellas aves.
-¿Puedes ver aquella estrella?
-Sí, es
hermosa y rutilante –Gabriel apuntó con su mano, delicadamente hacia el cielo.
-Esa
estrella es Kun, y como ella, hay
tantas como las aves del Finis, y muchas
más. Es la estrella que acompaña el nacimiento de Doli. ¡Oh! ¿Puedes ver que brillante es? Ilumina todo el Finis. Como esta estrella, hay en otros
mundos, y en esos mundos las aves cantan a la luz del sol.
Gabriel
se estremeció con las aves multicolores, silbó simulando un canto divino, las
aves circularon bajo la barcaza y danzaron juguetones en la niebla. Se volteó a
ver al barquero, pero al rostro del maestro no llegó luz.
El
fuego noble de Kun, se reflejó en la
transparencia de las aguas del Finis,
y un mundo de algas y pececillos diminutos y dantescos se reveló ante sus ojos.
Paso un
largo instante de silencio y calma, luego el barquero interrumpió:
-¿Has
visto las aguas del Finis? Es
tranquila y pura, así tal cual como un alma en descanso –murmuró el maestro con
la cabeza gacha –, ahí nadan ángeles y bestias, pero las aguas transparentes
del Finis reflejan a ambas.
-Sí,
las puedo ver. Maestro –respondió Gabriel, bebió un poco de agua y rosó a los
pececillos con las yemas de sus dedos –, luego pregunto: ¿por qué sus aguas
reflejan a ángeles y bestias?
- Es la
dualidad del Finis –repuso el
barquero –, aquí no solo hay dicha, sino también lamentos. Los tormentos de los
vivos es alimento de los muertos y la dicha de los ángeles es la furia de las
bestias. ¡Ve ahí! Las bestias dormidas entre las aguas, ninguna se asoma ante
la trasparencia de tu alma viva, solo los ángeles y pececillos se animan.
Gabriel
se asomó por la barcaza y vio un mundo tras las aguas del Finis; las medusas tricolores flameaban, los corales albinos y
rojos, las mantarrayas fluorescentes y peces floridos. Pero al fondo, en la
oscuridad del lago, un rugido siniestro espantó a las criaturas, que huyeron y
volvieron al nido como luceros. Era la advertencia, las bestias ocultas en el
fondo, tal como vuestra alma oculta los males.
-¡Vuelve
a beber del agua! –Ordenó el barquero –, y que nunca tu corazón olvide tal
dualidad.
IV
Vesta
Gabriel
sentía la necesidad de ver el rostro del sabio y generoso maestro, pero, las
imágenes lozanas del Finis, eran
mágicas, lo hipnotizaban, y no hallo el momento para hurgar con su mirada los
contornos de su rostro. Pronto olvido tal obsesión. Cuando vio que a su lado
izquierdo se erigía una gran montaña tricolor, enfocó su mirada en ella y supo
que tal majestuosidad era buena. Gabriel se quedó pensativo mirando los colores
del arcoíris y el valle, luego estimó:
-Maestro
¿Por qué los colores de aquella montaña son tan majestuosos?
Y el Maestro
repuso:
-Son los
colores periféricos de Urba. ¡Te
fijas! Su vestido es elegante y sus colores son preciosos, pero por dentro la
montaña está podrida y se está deshaciendo poco a poco.
-¿Y
cómo sabe tal desgracia? –se asombró Gabriel.
-Porque
Muchos forasteros han intentado conquistar la montaña, a pesar, de saber que
por dentro está destruida, sus colores son tan hipnóticos, que aquellos hombres
delgados de alma, osan en subirla permanentemente. Por eso hay fosas alrededor
de la montaña, para darles nicho a los hombres que caen desde la cima. Pero tal
como dicha montaña, hay hombres y
doncellas que sufren en vuestra alma tal destino.
-¿Y
cómo se puede ver el interior de los hombres maestro?
-El
interior de los hombres es invisible a los ojos. Pero, mientras más te conozcas
a ti mismo, más señales podrás percibir de los hombres oscuros y mezquinos. Es
la dicha interna la que refleja la verdadera belleza. La superficie de Urba, es solo una coraza para engañar a
los ingenuos.
Gabriel
escuchó con atención al barquero y recordó que hace unos años, en Zura, un anciano intentó ser maestro
general del pueblo, vestía hermosas túnicas y daba luminosas ofrendas a los
niños. Era como Urba; un hombre
luminoso por fuera y oscuro por dentro; pronto todo el pueblo se enteró que las
ofrendas eran para engañar a los niños y
darlos en tráfico a los verdugos. Los aldeanos decidieron desterrarlos, pero
sin embargo, cercenaron las manos del maestro, para que viva con vergüenza y sin
la posibilidad de engañar a los niños con ofrenda alguna.
-¿Y qué
tal de la imponente Vesta, Maestro?
–preguntó el discípulo, alzó ambos brazos, he indicó al gigantesco planeta
jupiteriano.
-Vesta
es la dualidad de Doli –Masculló el Barquero –: si en Doli hay paz, y la tranquilidad
de las aguas del Finis; en Vesta se oculta los ríos de lava, el
fuego interno que guarda la maldad, y el egoísmo de Doli. Cualquier oscuro pensamiento de estos habitantes, sean
sabios, plebeyos, o reyes; van a parar a Vesta, y allí se queda.
Gabriel
alzó su cuello, y enfocó su mirada en el gigante gaseoso; recordó que antes de
venir a investigar a Doli, un anciano
astronauta de baja estatura y extraña contorsión le dijo: – ¿Queréis que
vuestro osado viaje a Doli sea
cancelado? Te ofrezco crédito si dices que yo hice tal viaje, pues aquello, me
dará fama y respeto, que ya es escasa a mi entrada edad.
Gabriel
se sintió seducido a aceptar, pero sabía que tal misión era incierta, y que el
crédito, el respeto y la fama; era tan solo objetos banales, por el bien
superior de la misión.
Luego
contestó:
-¡Gracias
anciano! Pero no puedo aceptar tu ofrecimiento en crédito, sé que estas viejo y
anhelas volver a sentir fama y vigor. Pero esta misión no se trata del crédito
que me puedas dar, se trata de la supervivencia de los habitantes Zurianos; incluso la tuya –aseveró –, y
en mí cae basta responsabilidad.
El
anciano volteó con desprecio y Gabriel quedó atolondrado. Investigó en los
registro de Zura, la procedencia del
extraño anciano, pero nunca halló tal referencia.
V
Zura
He pensado
mucho en mi hogar Maestro –dijo Gabriel en tono melancólico–, extraño la
arboleda, el bosque frondoso, el ceibo y las aves. En mi planeta hay aves muy
parecidas a las que habitan en el Finis,
algunas son mágicas, otras hostiles, tal como la dualidad que me os has
enseñado. ¡Oh! Sabio maestro, pero mi corazón se torna más intranquilo, en este
bello viaje, es que me asaltan muchas dudas, y no sé nada de su procedencia ni
de tu enigmático rostro. ¿Qué ocultas detrás de esa túnica y tu lozana
sabiduría?
El
barquero suspiró un largo aliento y repuso:
-Mi
identidad querido discípulo no es importante, ni menos de donde provengo, solo
la vida es importante. He decidido cruzar el Finis, por el mismo objeto que tú decidiste cruzar en nado. La vida…
–pensó un instante –, has decidido salvar tu vida, y yo, ayudarte hacerlo, los
otros dioses de los otros mundos me bendijeron con esta barca; y he decidido
quedarme en este planeta desértico y tranquilo.
-¿Y los
otros planetas eran muy diferente a Doli?
-En lo
absoluto –contestó–, en todos aquellos planetas los ancianos también se
equivocaban, tal como en Zura, yo
también vi a muchos maestros injusto y también conocí la dicha de muchos. Pero
de todos ellos fui desterrado, más no por injusto, sino por sabio y equitativo.
Y no se puede ser equitativo en los mundos donde impera el egoísmo, siempre
alguien quiere más, y es ahí donde el mundo comienza su destrucción. Es por
eso, que voy de planeta en planeta, buscando calma y reflexión.
-¿Pero
cómo buscar la equidad, en un planeta libre de obrar? –preguntó Gabriel.
-¡Ahí
está, precisamente la cuestión! –aseveró el barquero–, porque la equidad no
está en el objeto, ni en la utilidad de las cosas que el universo nos da, sino
que está en el corazón dadivoso de los hombres; en aquellos mundos se
enfrentaban los egoístas con los dadivosos; y como la dualidad nos enseña,
ambos son parte del equilibrio, pero cuando un planeta se torna más egoísta que
dadivoso, es cuando empieza su destrucción, y no hay vuelta atrás, ni más que rescatar. Es por eso que
los sabios huyen del egoísmo. Y yo he venido aquí, en estas montañas, en este
lago y en las arenas de Doli, a
esperar que pase la era, la última era de mi vida.
-¿Por
qué dice eso, maestro, acaso se acerca la muerte en su barca? –preguntó
Gabriel, mientras el Barquero deslizaba el remo lentamente, en las trasparentes
aguas, se volteó hacia él, pareció mirarlo…, pero ningún contorno de su rostro
asomo.
-¡No he
dejado esta barca jamás! La barca y yo, somos uno, ninguno vive sin el otro, es
parte de la dualidad de Doli, y así
debe quedar.
Gabriel
se quedó pensativo, mientras el barquero remaba en silencio; y recordó una vez, hace ya varios
años; la muerte de un sabio aldeano de Zura.
Su mujer yacía postrada en la cama, vieja y enferma; y murió un día de sol. El
sabio aldeano no tardó en correr la misma suerte, solo duró unos días más y
murió en el mismo lecho que su mujer. Sus almas estaban tan unificas, que ni la
propia muerte los separo por mucho tiempo. Y así es como responde el alma,
cuando pierde al prójimo. Y aunque la muerte aceche, aun florece la vida en la
dualidad; pasó en Zura, y pasará en Doli También.
VI
Kinura
¡Ya
casi llegamos del otro lado! Maestro. –Dijo Gabriel, en tono emotivo –; pero,
no logró entender cierta cuestión. El dispositivo marcaba 72 horas de vida,
siempre y cuando llegase a la cima del Kinura,
a comunicarme con Zura y su base; y
el viaje ha sido muy largo y extraño, el tiempo en el marcador se ha detenido y
mis heridas han desaparecido.
-¿A qué se debe tal mágico evento, Maestro?
–preguntó el discípulo Zuriano.
-Te voy
a revelar vuestro secreto –musitó el Barquero, y expandió sus largos brazos, y
dos aves del Finis se posaron en las
palmas de sus manos –: Esta barca, es mágica, he vivido en ella desde que
llegue a Doli; los antiguos dioses,
de los otros mundos me la obsequiaron, pero a cambio; juré no volver a esos
mundos, porque en ellos mi sabiduría ya no importa, pues los hombres agotaron
sus virtudes y dejaron de estar en equilibrio con la dualidad. Ahora solo me
falta ascender hacia un universo distinto, mi tiempo en Doli se acaba, he visto muchos hombres buenos y malos, pero solo
uno ecuánime. Y esta delante de mí.
¿A qué
se refiere con ello? –Gabriel enarcó el ceño y abrió ágilmente los ojos en
señal de atención.
-A ti
Gabriel, he escuchado cada recuerdo tuyo, de todos esos ancianos que se toparon
en tu camino, y en tu alma he encontrado la equidad. Sé que volverás a Zura y serás justo, y sé que tu vida
trae dicha, subirás el Kinura, y
veras el Fines y sus transparentes
aguas, sus bellas aves, recordaras los pececillos y las bestias del fondo del
lago, repararas tu cohete y tus amigos vendrán por ti. Te he visto en el futuro
gobernar, otros planetas y otros hombres, y sé que otros ancianos vendrán a ti,
a dialogar las virtudes que se han ido extinguiendo poco a poco, en todos
aquellos mundos dejaras un rastro de tu dualidad.
-Pero…
¡No entiendo, Maestro! ¿Cómo puede saber algo que aún no ha pasado?
Y así
fue como Gabriel llegó al otro lado del Finis;
el Maestro no respondió su última pregunta y guardo en extraño silencio;
Gabriel se bajó de la barca y caminó unos pasos en la arena; el maestro también
bajo de la barca, pero solo pareció deslizarse sobre la superficie en aspecto
fantasmal; llegó hasta los pies de Gabriel y se desplomó.
El
discípulo intento socorrer al maestro, pero cuando se agachó ante él, notó un
extraño cuerpo casi incorpóreo sin rostro y con extremidades que se
desangraban. Gabriel sintió un enigmático impulso y besó la túnica del
Maestro.
-“¿Qué
habrá querido decir el Maestro sobre el futuro?”
Pensó
en aquello por unos segundos…, luego recordó que estaba solo, en Doli,
descifrando los misterios del alma y la dualidad.
GTF.
