sábado, 14 de enero de 2017

Diálogos de un Barquero


I

Doli

Cuando Gabriel despertó, solo pudo ver las tranquilas aguas del lago Finis en el planeta Doli. Estaba asustado, no era la primera vez que se estrellaba en un planeta ajeno, pero si era la primera vez que se sentía lo bastante extraño como para no tomarlo en cuenta. Doli en apariencia, no reflejaba ser un planeta hostil, sus planicies desérticas se iluminaban con la suavidad de una lejana estrella que los antiguos habitantes llamaban Kun, al cual rendían tributo en cada ciclo estelar; y siempre acompañado de un planeta Jupiteriano llamado Vesta y un satélite muerto de corto alcance.
Gabriel muy inquieto por su confusa situación intentó reparar los motores del cohete, pero el impactó lo dejo inutilizable para volver al espacio; quiso comunicarse con Zura, su planeta de origen, pero el dispositivo de su intercomunicador espacial estaba arruinado y solo quedaba una opción de comunicación, ir a lo alto de la montaña Kinura, un monte sagrado que los habitantes de Doli veneraban en cada festividad, he intentar comunicarse.
 
Se instaló con su botiquín, a orillas del Finis y curó sus heridas, sabía que su única esperanza real de salvarse y de establecer comunicación con Zura, era, atravesando las diáfanas aguas del Finis, y subiendo a lo más alto del monte Kinura, pues bien, sus alternativas no eran del todo alentadoras, eran más bien insuficientes, tomando en cuenta que la temperatura en Doli baja rápidamente por la noche, y que sus heridas eran profundas. Calculó las horas  que tenia de vida, si es que podía curar sus heridas y nadar hasta el otro lado del lago; unas 72 horas aproximadamente, con 10 horas de sueño incluida, para una recuperación optima y un primer intento de nadar al otro lado del Finis, y siempre y cuando llegue a la cima y se comunique con el poder central de los Zurianos, que, para estas alturas, ya debían de estar en su búsqueda.
-Debo intentarlo –pensó Gabriel mirando al Finis, estaba tan suave y tranquilo como una tasa de leche.
-¡Debo internarlo! ¡Tengo, tan solo 72 horas de vida! Si no encuentro refugio y no logro comunicarme estaré perdido –se dijo para sí.
Gabriel se lanzó al agua del Finis, sin más rodeos, y abrumado por una desesperación desértica…, nadó hasta la mitad del lago y se hundió como una roca, luego salió del agua a respirar, y se hundió una segunda vez…, pero esta vez le costó más salir a la superficie; y fue entonces que comprendió que si perseveraba moriría ahogado en las aguas más tranquilas del universo. Analizó su situación y decidió volver a la orilla; pensó: -¿Qué traicioneras son las aguas del Finis? ¿Por qué no dan tregua a mis heridas?–, luego se quedó dormido en las áridas y pedregosas arenas del mar desértico de Doli

II

Finis

Una vez más volvió a despertar en el desértico planeta, remembrando su fatídico intento de nadar al extremo opuesto del Finis, allí, donde está la montaña que le entregará la posibilidad de seguir con vida. Sus ojos estaban a medio abrir; cuando en un instante y con su vista nublada, pudo percibir que de lejos, entre la niebla del lago, se acercaba lentamente una Barcaza o barca con un hombre en su interior, llevaba un remo largo negruzco, y una túnica negra tapaba su rostro; Gabriel pensó: – ¿Será un antiguo Maestro de los montes de Kinura? –, recordó que alguna vez, en los bosques de su frondoso y verde planeta, un anciano de la arboleda ancestral se acercó a pedirle ayuda para avanzar hacia su tierra, llevaba una túnica larga y bastón, pero jamás vio su rostro, el hombre le dijo: “¿Sabe usted buen joven, cómo llegar desde el río de la arboleda, hasta las puertas de la ciudad?” Luego Gabriel miró con extrañeza al monje y le contesto: Debes seguir la senda del río, anciano, y caminar sin ansias ni devoción, porque el bosque Zuriano oculta un martirio al caminante necio. Entonces el anciano caminó a paso lento hasta perderse en la bruma del río. Y recordó que ese bosque de noble belleza, abrazó al anciano hasta perderse entre los árboles.  
La barca siguió acercándose en parsimonia ligereza, y una bruma suave aromática comenzó a descender; desde la montaña se podía oler su frescura, hasta abastecerse por todo el Finis, como el vapor de baño, de las musas en primavera. Gabriel no pudo descifrar si la figura que remaba en la barcaza era un hombre o bien un habitante, plebeyo o maestro de las ruinas de Kinura, o tal vez un ser o ente de alguna dimensión o planeta cercano, o bien un miembro tribal de Doli…, en fin, solo notaba que mientras más se acercaba la barca, más tranquilidad en su alma oscilaba, y más en calma su corazón palpitaba, entonces pensó en aquella tranquilidad que se disipaba en su cuerpo, y volvió a remembrar la nobleza del bosque Zuriano de su niñez,  y aquello era bueno.

III

Kun

Y así, Gabriel vio como aquel hombre de túnica larga y remo fino alargado se acercaba hasta la orilla del Finis, y pudo ver como el rostro del misterioso hombre eclipsaba con la estrella de Kun. Se sintió feliz, y recordó su niñez, una vez más un hombre en las viejas calles de Zura, pero esta vez; quien se encontraba perdido y abrumado era Gabriel, y el pequeño no sabía llegar a las puertas de la ciudad; el hombre lo vio desvalido y le dijo: – ¿Qué hacéis aquí, entre tantos hombres ciegos, si tan solo sois un niño?  Pues así, y con tal inocencia, es como encontrareis el camino, o quedareis varado en estas sucias calles de mármol –, luego  recordó que respondió en voz baja y tímida: “No os preocupéis viejo hombre, que no solo he nacido para ser estorbo de esta tierra, más por intuición sigo los senderos del camino y de la vida, y me aferro a ella día a día”. Gabriel y muchos hombres más, un compilado de ancianos en su vida, nobles, plebeyos y príncipes se topó en los andares, pero nunca jamás uno como aquel anciano de su niñez.

La encrucijada había llegado, el hombre de la barcaza vio su rostro acongojado entre la arena del silente planeta y repuso:
-Te he visto descender  del cielo, como un bólido de fuego, sé de tu guapeza, pero más no queda realeza, que salvar tu vida en el tiempo y espacio adecuado…, el tiempo se acaba y no lograste cruzar de nado el Finis. Te ofrezco que cruces en mi barca, más sin dadiva o regalía alguna.
Gabriel vio que el ofrecimiento fue sincero, y no sufrió  blasfemia u hostil beligerancia hacia él…, sintió que las aguas del Finis cobijaron sus heridas y llenó su corazón de dicha.
-Si de mí, algo quieres, estas perdido; más nada os podré ofrecer –Contestó Gabriel –; mi cohete se estrelló, y necesito llegar a la cima del Kinura, del otro lado del Finis para poder sobrevivir.     
-No te pido nada forastero, solo os quiero ayudarte a cruzar –insistió el hombre.
-¿De dónde vienes? ¿Quién eres? ¿Por qué navegas en estas puras aguas? –pregunto Gabriel.
-Vengo del cielo y del infierno, de los cantares angelicales y de la guillotina del hades, he estado en otros planetas…, fundando; lo mismo que amo en Doli. Y soy un maestro de las montañas. En Marte morí, pero en Venus reviví y ahora solo vivo en Doli, esperando que la era pase.
Gabriel miró al maestro sin entender sus referencias y lugares sagrados.
-¡Es hora! –dijo el Maestro –debes subir a la barca, no te queda mucho tiempo.
-¿Cómo sabes del tiempo? –Inquirió Gabriel –, yo solo tengo 72 horas de vida, si no logro cruzar moriré, es por un cálculo matemático.
-No hay cálculos matemáticos para la muerte, ni ciencia…, y el tiempo no es más que un niño sin amamantar; si la muerte ha de venir, vendrá y arrugará tu corazón si más que perder, es así, en otros mundos y lo es aquí también –contestó el barquero –, ¡Venid! ¡Oríllate y tomad mi mano! Que te llevaré del otro lado, sin más preámbulos, no os pido nada más que tu voluntad y  apaciguaré el navego por las aguas del Finis.
Gabriel tomó la mano del barquero, y se subió a la barca en reverencia y pleitesía. Se acurrucó en un extremo, opuesto al Maestro, y de su rostro no vio ni silueta o contorno; una tranquilidad infinita se apoderó de su alma, mientras la barca se deslizaba elegante en las diáfanas aguas del Finis, y recordó que una vez ya entrado en años, un anciano de los cientos que conoció se acercó en una feria Zuriana y le dijo: – ¿Cómo sabéis que parte del cielo es eterno? ¿Y qué parte del infierno es temporal? – Gabriel miro aquel anciano, y en su rostro  desvalido vio ventura, más no comprendió tan extraña pregunta, pero sin embargo, respondió: “No sé de qué planeta o galaxia traes aquellas inquietudes, ¡Oh! Sabio del atardecer, pero sé que estos habitantes Zurianos viven en un cielo temporal, y de bajo aliento, como le llamas, y más su egoísmo es su propio infierno inmemorial” En dicho encuentro el anciano huyó de Zura inmediatamente, y Gabriel suspiró bajo los rayos del sol.
-¿Puedes ver aquellas aves? –preguntó el Barquero mientras navegaba.
-Sí, son infinitas y de múltiples colores –respondió Gabriel.
-Son las aves del Finis, hay tantas como puedes imaginar, han estado aquí, en Doli, desde el nacimiento del planeta. Su canto, ¡Escuchad su canto!, es el idioma de otros mundos, otros soles, otras estrellas también iluminaron su alma, y en otros mundos también cantaron aquellas aves.
 -¿Puedes ver aquella estrella?
-Sí, es hermosa y rutilante –Gabriel apuntó con su mano, delicadamente hacia el cielo.  
-Esa estrella es Kun, y como ella, hay tantas como las aves del Finis, y muchas más. Es la estrella que acompaña el nacimiento de Doli. ¡Oh! ¿Puedes ver que brillante es? Ilumina todo el Finis. Como esta estrella, hay en otros mundos, y en esos mundos las aves cantan a la luz del sol.
Gabriel se estremeció con las aves multicolores, silbó simulando un canto divino, las aves circularon bajo la barcaza y danzaron juguetones en la niebla. Se volteó a ver al barquero, pero al rostro del maestro no llegó luz.  
El fuego noble de Kun, se reflejó en la transparencia de las aguas del Finis, y un mundo de algas y pececillos diminutos y dantescos se reveló ante sus ojos.
Paso un largo instante de silencio y calma, luego el barquero interrumpió:
-¿Has visto las aguas del Finis? Es tranquila y pura, así tal cual como un alma en descanso –murmuró el maestro con la cabeza gacha –, ahí nadan ángeles y bestias, pero las aguas transparentes del Finis reflejan a ambas.
-Sí, las puedo ver. Maestro –respondió Gabriel, bebió un poco de agua y rosó a los pececillos con las yemas de sus dedos –, luego pregunto: ¿por qué sus aguas reflejan a ángeles y bestias?
- Es la dualidad del Finis –repuso el barquero –, aquí no solo hay dicha, sino también lamentos. Los tormentos de los vivos es alimento de los muertos y la dicha de los ángeles es la furia de las bestias. ¡Ve ahí! Las bestias dormidas entre las aguas, ninguna se asoma ante la trasparencia de tu alma viva, solo los ángeles y pececillos se animan.
Gabriel se asomó por la barcaza y vio un mundo tras las aguas del Finis; las medusas tricolores flameaban, los corales albinos y rojos, las mantarrayas fluorescentes y peces floridos. Pero al fondo, en la oscuridad del lago, un rugido siniestro espantó a las criaturas, que huyeron y volvieron al nido como luceros. Era la advertencia, las bestias ocultas en el fondo, tal como vuestra alma oculta los males.
-¡Vuelve a beber del agua! –Ordenó el barquero –, y que nunca tu corazón olvide tal dualidad.  


IV

Vesta

Gabriel sentía la necesidad de ver el rostro del sabio y generoso maestro, pero, las imágenes lozanas del Finis, eran mágicas, lo hipnotizaban, y no hallo el momento para hurgar con su mirada los contornos de su rostro. Pronto olvido tal obsesión. Cuando vio que a su lado izquierdo se erigía una gran montaña tricolor, enfocó su mirada en ella y supo que tal majestuosidad era buena. Gabriel se quedó pensativo mirando los colores del arcoíris y el valle, luego estimó:
-Maestro ¿Por qué los colores de aquella montaña son tan majestuosos?
Y el Maestro repuso:
-Son los colores periféricos de Urba. ¡Te fijas! Su vestido es elegante y sus colores son preciosos, pero por dentro la montaña está podrida y se está deshaciendo poco a poco.
-¿Y cómo sabe tal desgracia? –se asombró Gabriel.
-Porque Muchos forasteros han intentado conquistar la montaña, a pesar, de saber que por dentro está destruida, sus colores son tan hipnóticos, que aquellos hombres delgados de alma, osan en subirla permanentemente. Por eso hay fosas alrededor de la montaña, para darles nicho a los hombres que caen desde la cima. Pero tal como dicha montaña, hay hombres y  doncellas que sufren en vuestra alma tal destino.
-¿Y cómo se puede ver el interior de los hombres maestro?
-El interior de los hombres es invisible a los ojos. Pero, mientras más te conozcas a ti mismo, más señales podrás percibir de los hombres oscuros y mezquinos. Es la dicha interna la que refleja la verdadera belleza. La superficie de Urba, es solo una coraza para engañar a los ingenuos.
Gabriel escuchó con atención al barquero y recordó que hace unos años, en Zura, un anciano intentó ser maestro general del pueblo, vestía hermosas túnicas y daba luminosas ofrendas a los niños. Era como Urba; un hombre luminoso por fuera y oscuro por dentro; pronto todo el pueblo se enteró que las ofrendas eran  para engañar a los niños y darlos en tráfico a los verdugos. Los aldeanos decidieron desterrarlos, pero sin embargo, cercenaron las manos del maestro, para que viva con vergüenza y sin la posibilidad de engañar a los niños con ofrenda alguna.
-¿Y qué tal de la imponente Vesta, Maestro? –preguntó el discípulo, alzó ambos brazos, he indicó al gigantesco planeta jupiteriano.
-Vesta es la dualidad de Doli –Masculló el Barquero –: si en Doli hay paz,  y la tranquilidad de las aguas del Finis; en Vesta se oculta los ríos de lava, el fuego interno que guarda la maldad, y el egoísmo de Doli. Cualquier oscuro pensamiento de estos habitantes, sean sabios, plebeyos, o reyes; van a parar a Vesta, y allí se queda.
Gabriel alzó su cuello, y enfocó su mirada en el gigante gaseoso; recordó que antes de venir a investigar a Doli, un anciano astronauta de baja estatura y extraña contorsión le dijo: – ¿Queréis que vuestro osado viaje a Doli sea cancelado? Te ofrezco crédito si dices que yo hice tal viaje, pues aquello, me dará fama y respeto, que ya es escasa a mi entrada edad.
Gabriel se sintió seducido a aceptar, pero sabía que tal misión era incierta, y que el crédito, el respeto y la fama; era tan solo objetos banales, por el bien superior de la misión.
Luego contestó:
-¡Gracias anciano! Pero no puedo aceptar tu ofrecimiento en crédito, sé que estas viejo y anhelas volver a sentir fama y vigor. Pero esta misión no se trata del crédito que me puedas dar, se trata de la supervivencia de los habitantes Zurianos; incluso la tuya –aseveró –, y en mí cae basta responsabilidad.
El anciano volteó con desprecio y Gabriel quedó atolondrado. Investigó en los registro de Zura, la procedencia del extraño anciano, pero nunca halló tal referencia.  
      

V

Zura

He pensado mucho en mi hogar Maestro –dijo Gabriel en tono melancólico–, extraño la arboleda, el bosque frondoso, el ceibo y las aves. En mi planeta hay aves muy parecidas a las que habitan en el Finis, algunas son mágicas, otras hostiles, tal como la dualidad que me os has enseñado. ¡Oh! Sabio maestro, pero mi corazón se torna más intranquilo, en este bello viaje, es que me asaltan muchas dudas, y no sé nada de su procedencia ni de tu enigmático rostro. ¿Qué ocultas detrás de esa túnica y tu lozana sabiduría?
El barquero suspiró un largo aliento y repuso:
-Mi identidad querido discípulo no es importante, ni menos de donde provengo, solo la vida es importante. He decidido cruzar el Finis, por el mismo objeto que tú decidiste cruzar en nado. La vida… –pensó un instante –, has decidido salvar tu vida, y yo, ayudarte hacerlo, los otros dioses de los otros mundos me bendijeron con esta barca; y he decidido quedarme en este planeta desértico y tranquilo.
-¿Y los otros planetas eran muy diferente a Doli?
-En lo absoluto –contestó–, en todos aquellos planetas los ancianos también se equivocaban, tal como en Zura, yo también vi a muchos maestros injusto y también conocí la dicha de muchos. Pero de todos ellos fui desterrado, más no por injusto, sino por sabio y equitativo. Y no se puede ser equitativo en los mundos donde impera el egoísmo, siempre alguien quiere más, y es ahí donde el mundo comienza su destrucción. Es por eso, que voy de planeta en planeta, buscando calma y reflexión.
-¿Pero cómo buscar la equidad, en un planeta libre de obrar? –preguntó Gabriel.
-¡Ahí está, precisamente la cuestión! –aseveró el barquero–, porque la equidad no está en el objeto, ni en la utilidad de las cosas que el universo nos da, sino que está en el corazón dadivoso de los hombres; en aquellos mundos se enfrentaban los egoístas con los dadivosos; y como la dualidad nos enseña, ambos son parte del equilibrio, pero cuando un planeta se torna más egoísta que dadivoso, es cuando empieza su destrucción, y no hay vuelta  atrás, ni más que rescatar. Es por eso que los sabios huyen del egoísmo. Y yo he venido aquí, en estas montañas, en este lago y en las arenas de Doli, a esperar que pase la era, la última era de mi vida.
-¿Por qué dice eso, maestro, acaso se acerca la muerte en su barca? –preguntó Gabriel, mientras el Barquero deslizaba el remo lentamente, en las trasparentes aguas, se volteó hacia él, pareció mirarlo…, pero ningún contorno de su rostro asomo.
-¡No he dejado esta barca jamás! La barca y yo, somos uno, ninguno vive sin el otro, es parte de la dualidad de Doli, y así debe quedar.
Gabriel se quedó pensativo, mientras el barquero remaba en  silencio; y recordó una vez, hace ya varios años; la muerte de un sabio aldeano de Zura. Su mujer yacía postrada en la cama, vieja y enferma; y murió un día de sol. El sabio aldeano no tardó en correr la misma suerte, solo duró unos días más y murió en el mismo lecho que su mujer. Sus almas estaban tan unificas, que ni la propia muerte los separo por mucho tiempo. Y así es como responde el alma, cuando pierde al prójimo. Y aunque la muerte aceche, aun florece la vida en la dualidad; pasó en Zura, y pasará en Doli También.

VI

Kinura

¡Ya casi llegamos del otro lado! Maestro. –Dijo Gabriel, en tono emotivo –; pero, no logró entender cierta cuestión. El dispositivo marcaba 72 horas de vida, siempre y cuando llegase a la cima del Kinura, a comunicarme con Zura y su base; y el viaje ha sido muy largo y extraño, el tiempo en el marcador se ha detenido y mis heridas han desaparecido.
 -¿A qué se debe tal mágico evento, Maestro? –preguntó el discípulo Zuriano.
-Te voy a revelar vuestro secreto –musitó el Barquero, y expandió sus largos brazos, y dos aves del Finis se posaron en las palmas de sus manos –: Esta barca, es mágica, he vivido en ella desde que llegue a Doli; los antiguos dioses, de los otros mundos me la obsequiaron, pero a cambio; juré no volver a esos mundos, porque en ellos mi sabiduría ya no importa, pues los hombres agotaron sus virtudes y dejaron de estar en equilibrio con la dualidad. Ahora solo me falta ascender hacia un universo distinto, mi tiempo en Doli se acaba, he visto muchos hombres buenos y malos, pero solo uno ecuánime. Y esta delante de mí.
¿A qué se refiere con ello? –Gabriel enarcó el ceño y abrió ágilmente los ojos en señal de atención.
-A ti Gabriel, he escuchado cada recuerdo tuyo, de todos esos ancianos que se toparon en tu camino, y en tu alma he encontrado la equidad. Sé que volverás a Zura y serás justo, y sé que tu vida trae dicha, subirás el Kinura, y veras el Fines y sus transparentes aguas, sus bellas aves, recordaras los pececillos y las bestias del fondo del lago, repararas tu cohete y tus amigos vendrán por ti. Te he visto en el futuro gobernar, otros planetas y otros hombres, y sé que otros ancianos vendrán a ti, a dialogar las virtudes que se han ido extinguiendo poco a poco, en todos aquellos mundos dejaras un rastro de tu dualidad.
-Pero… ¡No entiendo, Maestro! ¿Cómo puede saber algo que aún no ha pasado?     
Y así fue como Gabriel llegó al otro lado del Finis; el Maestro no respondió su última pregunta y guardo en extraño silencio; Gabriel se bajó de la barca y caminó unos pasos en la arena; el maestro también bajo de la barca, pero solo pareció deslizarse sobre la superficie en aspecto fantasmal; llegó hasta los pies de Gabriel y se desplomó.
El discípulo intento socorrer al maestro, pero cuando se agachó ante él, notó un extraño cuerpo casi incorpóreo sin rostro y con extremidades que se desangraban. Gabriel sintió un enigmático impulso y besó la túnica del Maestro. 
-“¿Qué habrá querido decir el Maestro sobre el futuro?”
Pensó en aquello por unos segundos…, luego recordó que estaba solo, en Doli, descifrando los misterios del alma y la dualidad.



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