miércoles, 26 de abril de 2017

EL DOMADOR DE ORGANOS



I

Ángel era un tipo nervioso, sus manos temblorosas y alargadas se desfiguraba con el frio continental de la localidad “El Páramo”, donde, en los últimos días ha ocurrido varios casos de desaparición de personas. Por lo general, se ha comentado que los visitantes del “Paramo” han huido de este fatídico y horrendo pueblo que gime entre la niebla decrepita del alba. Ángel solía visitar el Club Dublas, un lugar donde los borrachos del pueblo pueden dar rienda suelta, a sus más bajos instintos animalescos, un burdel de mala muerte donde la mediocridad se difama por unos centavos: Juegos de azar, sexo y alcohol, un caldo alucinante para la mendicidad.
Era un día sábado y el aburrimiento carcomía los hombros de Ángel, así que decidió ir al Club Dublas por una cerveza; el “Paramo” lucía más terrorífico que la última vez, pero la embriagues hacía desaparecer todo malestar depresivo de un pueblo podrido.
Aquella noche la luna se hizo más demencial, y las estrellas alocadas parecían luceros del inframundo; Ángel bebió hasta quedar obnubilado, mientras conversaba de sus aventuras con un cantinero mal oliente, estaba sentado, en frente de la barra, y no hacía más que babear y tratar de unir palabras desarticuladas; el cantinero solo escuchaba y meneaba la cabeza asintiendo afirmativamente; fumo varios cigarrillos de tabaco y pensó, entre su embriaguez, que era una locura seguir allí, debía estar con una chica, pero en el fatídico Club, solo habían prostitutas baratas; algo en su interior lo deprimía cada vez más, como si oliera o sospechara un desastre en el aire, o una calamidad de esas que solo ocurren en los pueblos lejanos y abandonados. Fumó varios cigarrillos y simuló conversar con el cantinero una y otra vez, en un espectáculo que no tenía sentido; al terminar su vaso de cerveza se acercó un tipo  hacia él, era alto de contextura delgada, vestía un traje elegante y azulino, pero sus ojos estaban desorbitado con un aire demencial, y por un momento Ángel pensó: ¿Quién en este loco? ¿Qué es lo que querrá? Luego bebió otro sorbo de cerveza y olvidó aquella deducción en medio de la borrachera.
-¿Es usted Ángel? –preguntó el tipo, mientras el cantinero le servía un vaso de cerveza.
Ángel pensó dos o tres segundo, sin tomar en cuenta al extraño tipo y se disponía a salir  del bar; pero algo en su confundida mente lo llevó a contestar:
-¡Sí! Soy yo. ¿Quién es usted? –dijo Ángel tambaleándose.
- Soy en Doctor Ward –aseveró solemnemente –, luego inclinó un poco su cabeza, y dio un sorbo largo a su cerveza.
-¡Ba! No sabía que había un Doctor en el “Páramo” –fisgoneó Ángel –, ni menos que le gustara venir a estos bares de mala muerte. Y dígame una cosa, ¿cómo sabe mi nombre…?
-Se lo acabo de escuchar al cantinero, veo que ha bebido bastante o simular haber bebido como para recordarlo, vaya saber uno…, lo concreto es que estamos los dos bebiendo en este bar de muerte.
Ángel lo miró un poco confundido, luego decidió seguir el ritmo de la conversación.
-Usted es nuevo en el “Páramo”, acaso, ¿ha oído últimamente de las extrañas desapariciones? –preguntó Ángel y volvió a beber una vez más.
-Lo he visto en los periódicos…, pero, ¡Qué horror! ¿No está enterado de aquellos cuerpos encontrados en el río?
-No, eso es nuevo para mí –Ángel enmudeció y tragó un sorbo de saliva en señal de miedo.
-Dicen que los cuerpos fueron vaciados…, vaciados como puercos en el matadero ¡Válgame Dios! ¿Qué animal haría algo así? –se cuestionó el Doctor.
-No solamente un animal puede hacer algo así –Agregó Ángel.
-¿A qué se refiere? ¿Por qué dice eso usted? Tiene alguna teoría del asesino…
Hubo un silencio incomodo por unos segundos.
-No es una teoría muy acaba, mi distinguido Doctor –se mofó balbuceando–, pero creo que es una persona, es un maldito coleccionador... quizás de cuerpos o de sus restos, vaya a saber uno que clase de loco haría algo así. Pero si supiera algo, yo creo que mataría al gusano con mis propias manos.
El doctor observó con atención las palabras que salían de la boca de Ángel, luego dio un pequeño gruñido que terminó en una risa diabólica; que Ángel no alcanzó a percatar, la juerga había terminado y el bar se disponía a cerrar.

II

-Llego la hora de cerrar el bar –dijo un mesero, mientras los clientes salían como zombis embriagados –, ¡Vayan a sus hogares a vomitar! ¡Inmundos! Vociferó el cantinero a un grupo de jóvenes embriagados.
El Doctor Ward y Ángel, salieron por la puerta trasera, contigua a una de las entradas que da directo al bar. Ángel parecía más embriagado que el Doctor; y se encontraba exhausto. Una lujosa carrosa esperaba en la calle al Doctor, en la silueta de la luna se divisó un pájaro de gran tamaño, con alas gigantescas, como si fuera una gárgola gótica que viene  del inframundo.
-¿Quiere que le dé un aventón? –preguntó el Doctor al borracho.
Pero Ángel estaba muy cansado para negarse, y se subió a la carrosa sin dudar. La  tiraban dos hermosos caballos blancos con ojos negros como el petróleo. Y le dirigía un hombre misterioso de una capa azul con pequeñas manchas rojas, que a la luz de la luna, muy poco se lograba divisar su complexión.
El Doctor acomodó a Ángel, mientras le preguntaba su ubicación en el “Paramo”
-¿Dónde lo llevamos señor? –susurro el Doctor en un tono bajo, con la intención de no ser escuchado–, ¡Oh! Creo que el cretino se ha dormido; Samuel, acelera la carrosa y desvía el camino del pueblo. Iremos directo al castillo.
-¡Sí amo! Como guste –respondió una voz seca desde el exterior.
La noche estaba negra, y las sombras tétricas de los viejos árboles parecían gemir; un grito espectral grillo entre los arbustos vivientes, y luego se perdió en el eco de ultratumba gutural. Pequeños gnomos ambulaban por los montes, junto con culebras y ciempiés de asqueroso tamaño que jugaban a enredarse. La carrosa se tornó de un color extraño, un rojo vino,  que hacia reflejo en el agua del lago, donde danzaban criaturas submarinas asomando su nariz;  y del acantilado se escuchaba un estruendoso rugir; de una gran voz, como si fueran varias voces que aúllan al unísono, pero solo una se incrusta en el oído marchito. La carrosa subía por una colina empinada; del otro lado, un castillo se dejaba ver, como si fuera un cumulo de rocas en la soledad, una solo forma geométrica que nace de la aberración y que duerme tras la niebla.
El Doctor Ward sonrió de forma horripilante, sus ojos se tornaron de un color rojizo plateado, y su traje azulino se ajustó más a su cuerpo, como si se fusionara en un solo espectro humanoide y corpóreo. Su cuerpo delgado y alargado tendió a encorvarse, y las uñas comenzaron a crecer lentamente, su boca se alargó y sus dientes se afilaron como cuchillas; pero Ángel ni se inmutó, estaba tan borracho que ni se imaginaba la sorprendente trasformación que sufría el Doctor Ward.
Cuando la carrosa llegó finalmente al castillo, el Sr. Ward Ordenó a Samuel recoger  el cuerpo de Ángel, y le dijo:
-Ya sabes dónde dejar el cuerpo, ¡no lo maltrates! Lo quiero fresco –exclamó Ward mientras se sobaba las manos venosas –, y te daré unos cuantos centavos y oro.
-¡Si amo! –respondió con cara de demente.
Las puertas del castillo se abrieron, sin que nadie las tocará, y en seguida…al costado izquierdo otra puerta que daba a un sótano; Samuel bajo con el cuerpo lentamente…





III

Las notas de un viejo piano de tubo, con melodía de Bach, sonaban en el desolado e inmundo castillo Ward. Gritos de mujeres, hombres y niños se escuchaba detrás de sus muros de piedras húmedas y roídas por la niebla, ¿Quiénes eran? ¿Qué diablos hacia esa gente allí? En realidad nadie lo sabía, hasta ese instante infeliz de infamia y de muerte se hacía eterno en la penumbra para esas almas atrapadas;  ya eran varios meses transcurridos donde los habitantes del “Páramo” desaparecían, pero nadie en todo el pueblo quería pensar que todos ellos se encontraba en las manos del sucio Doctor, un ser extraño de otro mundo macabro, de otra dimensión de la vida y de la muerte; un coleccionador de almas y de cuerpos, un arrebatador de espíritus, de vidas, quizá nadie del pueblo se atrevía por miedo a él, a su desconocida corporeidad, nadie sabía realmente como era su aspecto, y muchos comentaban que era un hombre, un Doctor de mil caras; y todos sospechaban de sus costumbres endemoniadas del inframundo; pero a la gente del “Páramo” le gustaba vivir engañada, en una hipocresía donde sus habitantes dormían, con su único verdadero dueño, un ser espectral surgido de la dejación y el pecado, que calla el silencio de los zombis, que merodea en las calles desoladas del pueblo.
Samuel terminó de bajar el pesado cuerpo de Ángel, los escalones de adoquines antiguos, quizá de la era medieval, llevaban a un corredor oscuro, rodeado en cada extremo por antorchas mal prendidas; las ratas corrían por los pies de Samuel, junto a su caminar lerdo por el pasadizo, un pequeño quejido de Ángel lo alertó, se quedó inmóvil…, esperó unos veinte segundos aguantando la respiración, luego prosiguió y bajó lentamente por las escaleras…, de vez en cuando se escuchaba un alarido o especie de grito confuso, no se sabe si es humano o animalesco, si es de transformación o de dolor, pero el aire nauseabundo trasladaba el eco de los muertos por todo el sótano podrido; Samuel dejó el cuerpo en una especie de mesa de piedra y sujetó los pies y manos de Ángel, los ató con una soga, que estaba conectada a una máquina de estiramiento, una máquina de tortura medieval; y aun así, Ángel, no despertó.

En los estantes del sótano había cientos, quizá miles de frascos de vidrio, estaban adheridos a las paredes de adoquines roídos, en su interior había corazones, pulmones, cerebros, hígados, y estómagos humanos…, de todos los tamaños y todos los colores; más abajo, había otro estante con frascos de mayor tamaño con fetos en distintos meses de gestación, y me atrevería a decir, de distintos espectros o seres cuasihumanos que no puedo describir – ¡Oh! ¿Qué rayo eran esas cosas? ¿Qué ser humano o animal sería capaz de elaborar asesinatos en masa, solo por diversión o colección?–, cualquiera pensaría en esta expresión, pero la verdad es que no había expresión alguna que pudiera referirse al contenido de esos frascos. En otro estante, en el extremo opuesto, había cientos de ganchos, así como aquellos que uno ve en las carnicerías y matadero de ganado, donde  la carne de res cuelga como si nada; solo, que esta vez, no era carne de res, sino carne humana, docenas…, no perdón, centenas de piernas, brazos y cabezas separadas y clasificadas en hombres, mujeres, ancianos y niños…, algunos restos estaban más frescos que otros, y muchos estaban en notable descomposición. En el suelo había una reja encadenada, en el fondo se podía ver un sótano o pozo si se quiere, aún más profundo y húmedo, y muy lejos en un extremo visual, unos espectros abrían y cerraban la boca simulando una congoja o lamento…, casi inaudibles eran aquellos gritos de horror y desesperación; y en ese fondo decrepito había lo que parecía figuras humanas, con vida aun, se podría decir…, sobrevivientes o quizá una horrorosa alucinación, las rodeaba un lago de agua purpurina y ensangrentada…, y del fondo, sin aviso previo, emergió una bestia con brazos ventosos,  que las mutilaba con su tenaza en forma de hacha, lo hacía despiadadamente, y luego las engullía con una sonrisa sardónica, una ligera expresión de inocencia en sus ojos verdes, hacía aún más macabra la escena. La bestia, se meneaba en un vaivén demoníaco mientras que de sus extremidades se desprendía costras y verrugas, como tumores adheridos, una especie de nervio aparente y con vida propia que simulaba ser criaturas del hades, le ayudaba a desmembrar los restos humanos.
Mientras tanto, Samuel preparaba una extraña mezcla a los pies del cuerpo de Ángel, y le  introdujo una aguja ansiolítica por el cuello…se escuchó un leve quejido, pero eso fue todo. La bestia que merodeaba en el pozo chillaba como un puerco, mientras la extraña sustancia verdosa se introducía lentamente.
         
IV

-¿Está listo el cuerpo? –Instó el Dr. Ward – lo quiero dulce, ¡dulce como la sangre!
-Sí –contestó Samuel –…, mi señor, le pido con misericordia que me deje realizar el primer corte.
-¿A qué se debe tu petición tan carnal?
El Dr. Ward se quedó pensativo tras las sombras.
-Quiero sentir…esa sensación desquiciada de perforar la piel y arrancar los órganos de cuajo –recitó Samuel –, quiero que la sangre fluya por mis manos y remorder la lava inmunda de este cuerpo caliente.
 El deseo diabólico de Samuel puso atónito al mismo domador.
-Está bien, ¡báñate de sangre entonces! –el doctor soltó una fúnebre risotada
Samuel comenzó a partir el cuerpo en dos…, Ángel abrió los ojos con el primer corte y supo que su fatídica muerte estaba a punto de celebrarse; su mirada se incrustó en los ojos del doctor, pidiendo y suplicando vida, intentó abrir su boca amordazada y meneó su cabeza de hito a hito, negando la situación; miró alrededor, y su cara se desfiguró al ver los cientos de frascos con órganos en su interior; el domador se acercó y le dijo:
-¿Sabéis lo que mi querido asistente te ha inyectado? –El doctor acarició suavemente la cara de Ángel –, pero este, con lagrima en los ojos, intentó un grito en la penumbra.
-Es una sustancia que yo mismo he creado, la he usado con los cientos de cuerpos que he masacrado, no solo aquí en el “Páramo” ¡tu maldito pueblo!, sino en varios más… ¿Recuerdas los cuerpos del río? Lo que te hable en ese bar de mala muerte…, bueno esos cuerpos también fueron míos, esos y cientos de ellos; todos, están en mi gran colección…
Y respecto a la sustancia, es un inhibidor de dolor y permite que veas todo el procedimiento de extirpación…, te mantiene vivo hasta que arranque tu cerebro.
Ángel dio un rugido de rabia y espanto; recordó sus últimas horas en el Club Dublas, esos últimos sorbos de cerveza, la conversación sin sentido con el cantinero y pensó –esas fueron mis últimos momentos, en un puto bar –, luego intentó  asumir su situación, pensó en todas las cosas que había logrado en su vida; pero no era nada, ningún recuerdo de algo bueno; y esa misma sensación lo llevó a otro nuevo pensamiento:–necesito algo bello en mi vida, algo en que ser bueno –, el poder de concentración en aquella remembranza era tan fuerte, que por un momento se olvidó de la terrible situación.
Samuel dio el primer corte…, pero luego, el domador le arrebató el bisturí y siguió el procedimiento con gran morbosidad, su rostro reflejaba la furia de un demonio apunto de devorar a su víctima; Samuel se sintió desplazado y quedó hacia un costado de la camilla de piedra y observó con desdén a su amo. Lo primero que extirpó fue el corazón, lo alzó con sus garras como trofeo y lo posó en la cara de Ángel, luego siguió con los pulmones, estómago y riñón, lo último en extirpar fueron las vísceras; en cada órgano que arrancaba, una risa más diabólica y funesta clamaba…, los ojos de Ángel yacían de frente a los del domador,  con indiferencia, inexpresivos, como si no sintiera dolor, asumidos en la aflicción y entregados al verdugo del infierno.
El Dr. Ward se dispuso a finalizar esta carnicería decrepita y con una cierra de mano  comenzó a partir el cráneo de Ángel; que, producto de la sustancia ansiolítica, aún seguía vivo, aunque su alma ya deambulaba juntos a las miles de sombras impregnadas en las paredes del castillo; Samuel, no paraba de mirar de soslayo y con desdén a su amo, poco a poco aquella mirada se trasformó en furia…, las sombras se paseaban por el sótano, la bestia chillaba en el pozo, como un enfermo de manicomio, los gritos humanos aún se escuchaba tras las jaulas; el domador no paraba de cortar el cráneo del cuerpo ya sin vida con su sonrisa diabólica… y de pronto, sin explicación alguna el domador se detuvo…, una estaca lo había atravesado por la espalda de par en par…, se volteó y vio a Samuel con lágrimas de cólera en los ojos.
-¿Qué has hecho? ¡Maldito estúpido! –refunfuñó adolorido.
-Yo no soy tu condenado esclavo –replico Samuel –SOY EL MISMÍSIMO DOLOR que ruge en estas piedras, y las sombras escuchan mi alarido…

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