I
Ángel era un tipo nervioso, sus manos
temblorosas y alargadas se desfiguraba con el frio continental de la localidad “El Páramo”, donde, en los últimos
días ha ocurrido varios casos de desaparición de personas. Por lo general, se
ha comentado que los visitantes del “Paramo”
han huido de este fatídico y horrendo pueblo que gime entre la niebla decrepita
del alba. Ángel solía visitar el Club
Dublas, un lugar donde los borrachos
del pueblo pueden dar rienda suelta, a sus más bajos instintos animalescos, un
burdel de mala muerte donde la mediocridad se difama por unos centavos: Juegos
de azar, sexo y alcohol, un caldo alucinante para la mendicidad.
Era un día sábado y el aburrimiento
carcomía los hombros de Ángel, así que decidió ir al Club Dublas por una cerveza; el “Paramo”
lucía más terrorífico que la última vez, pero la embriagues hacía desaparecer
todo malestar depresivo de un pueblo podrido.
Aquella noche la luna se hizo más
demencial, y las estrellas alocadas parecían luceros del inframundo; Ángel
bebió hasta quedar obnubilado, mientras conversaba de sus aventuras con un
cantinero mal oliente, estaba sentado, en frente de la barra, y no hacía más
que babear y tratar de unir palabras desarticuladas; el cantinero solo
escuchaba y meneaba la cabeza asintiendo afirmativamente; fumo varios
cigarrillos de tabaco y pensó, entre su embriaguez, que era una locura seguir
allí, debía estar con una chica, pero en el fatídico Club, solo habían
prostitutas baratas; algo en su interior lo deprimía cada vez más, como si
oliera o sospechara un desastre en el aire, o una calamidad de esas que solo
ocurren en los pueblos lejanos y abandonados. Fumó varios cigarrillos y simuló
conversar con el cantinero una y otra vez, en un espectáculo que no tenía
sentido; al terminar su vaso de cerveza se acercó un tipo hacia él, era alto de contextura delgada,
vestía un traje elegante y azulino, pero sus ojos estaban desorbitado con un
aire demencial, y por un momento Ángel pensó: ¿Quién en este loco? ¿Qué es lo
que querrá? Luego bebió otro sorbo de cerveza y olvidó aquella deducción en
medio de la borrachera.
-¿Es usted Ángel? –preguntó el tipo,
mientras el cantinero le servía un vaso de cerveza.
Ángel pensó dos o tres segundo, sin
tomar en cuenta al extraño tipo y se disponía a salir del bar; pero algo en su confundida mente lo
llevó a contestar:
-¡Sí! Soy yo. ¿Quién es usted? –dijo
Ángel tambaleándose.
- Soy en Doctor Ward –aseveró
solemnemente –, luego inclinó un poco su cabeza, y dio un sorbo largo a su
cerveza.
-¡Ba! No sabía que había un Doctor en
el “Páramo” –fisgoneó Ángel –, ni
menos que le gustara venir a estos bares de mala muerte. Y dígame una cosa,
¿cómo sabe mi nombre…?
-Se lo acabo de escuchar al cantinero,
veo que ha bebido bastante o simular haber bebido como para recordarlo, vaya
saber uno…, lo concreto es que estamos los dos bebiendo en este bar de muerte.
Ángel lo miró un poco confundido, luego
decidió seguir el ritmo de la conversación.
-Usted es nuevo en el “Páramo”, acaso, ¿ha oído últimamente de
las extrañas desapariciones? –preguntó Ángel y volvió a beber una vez más.
-Lo he visto en los periódicos…, pero,
¡Qué horror! ¿No está enterado de aquellos cuerpos encontrados en el río?
-No, eso es nuevo para mí –Ángel
enmudeció y tragó un sorbo de saliva en señal de miedo.
-Dicen que los cuerpos fueron
vaciados…, vaciados como puercos en el matadero ¡Válgame Dios! ¿Qué animal
haría algo así? –se cuestionó el Doctor.
-No solamente un animal puede hacer
algo así –Agregó Ángel.
-¿A qué se refiere? ¿Por qué dice eso
usted? Tiene alguna teoría del asesino…
Hubo un silencio incomodo por unos
segundos.
-No es una teoría muy acaba, mi
distinguido Doctor –se mofó balbuceando–, pero creo que es una persona, es un
maldito coleccionador... quizás de cuerpos o de sus restos, vaya a saber uno
que clase de loco haría algo así. Pero si supiera algo, yo creo que mataría al
gusano con mis propias manos.
El doctor observó con atención las
palabras que salían de la boca de Ángel, luego dio un pequeño gruñido que
terminó en una risa diabólica; que Ángel no alcanzó a percatar, la juerga había
terminado y el bar se disponía a cerrar.
II
-Llego la hora de cerrar el bar –dijo
un mesero, mientras los clientes salían como zombis embriagados –, ¡Vayan a sus
hogares a vomitar! ¡Inmundos! Vociferó el cantinero a un grupo de jóvenes
embriagados.
El Doctor Ward y Ángel, salieron por la
puerta trasera, contigua a una de las entradas que da directo al bar. Ángel
parecía más embriagado que el Doctor; y se encontraba exhausto. Una lujosa
carrosa esperaba en la calle al Doctor, en la silueta de la luna se divisó un
pájaro de gran tamaño, con alas gigantescas, como si fuera una gárgola gótica
que viene del inframundo.
-¿Quiere que le dé un aventón?
–preguntó el Doctor al borracho.
Pero Ángel estaba muy cansado para negarse,
y se subió a la carrosa sin dudar. La
tiraban dos hermosos caballos blancos con ojos negros como el petróleo.
Y le dirigía un hombre misterioso de una capa azul con pequeñas manchas rojas,
que a la luz de la luna, muy poco se lograba divisar su complexión.
El Doctor acomodó a Ángel, mientras le
preguntaba su ubicación en el “Paramo”
-¿Dónde lo llevamos señor? –susurro el
Doctor en un tono bajo, con la intención de no ser escuchado–, ¡Oh! Creo que el
cretino se ha dormido; Samuel, acelera la carrosa y desvía el camino del
pueblo. Iremos directo al castillo.
-¡Sí amo! Como guste –respondió una voz
seca desde el exterior.
La noche estaba negra, y las sombras
tétricas de los viejos árboles parecían gemir; un grito espectral grillo entre
los arbustos vivientes, y luego se perdió en el eco de ultratumba gutural.
Pequeños gnomos ambulaban por los montes, junto con culebras y ciempiés de
asqueroso tamaño que jugaban a enredarse. La carrosa se tornó de un color
extraño, un rojo vino, que hacia reflejo
en el agua del lago, donde danzaban criaturas submarinas asomando su nariz; y del acantilado se escuchaba un estruendoso
rugir; de una gran voz, como si fueran varias voces que aúllan al unísono, pero
solo una se incrusta en el oído marchito. La carrosa subía por una colina
empinada; del otro lado, un castillo se dejaba ver, como si fuera un cumulo de
rocas en la soledad, una solo forma geométrica que nace de la aberración y que
duerme tras la niebla.
El Doctor Ward sonrió de forma
horripilante, sus ojos se tornaron de un color rojizo plateado, y su traje
azulino se ajustó más a su cuerpo, como si se fusionara en un solo espectro
humanoide y corpóreo. Su cuerpo delgado y alargado tendió a encorvarse, y las
uñas comenzaron a crecer lentamente, su boca se alargó y sus dientes se
afilaron como cuchillas; pero Ángel ni se inmutó, estaba tan borracho que ni se
imaginaba la sorprendente trasformación que sufría el Doctor Ward.
Cuando la carrosa llegó finalmente al
castillo, el Sr. Ward Ordenó a Samuel recoger
el cuerpo de Ángel, y le dijo:
-Ya sabes dónde dejar el cuerpo, ¡no lo
maltrates! Lo quiero fresco –exclamó Ward mientras se sobaba las manos venosas
–, y te daré unos cuantos centavos y oro.
-¡Si amo! –respondió con cara de
demente.
Las puertas del castillo se abrieron,
sin que nadie las tocará, y en seguida…al costado izquierdo otra puerta que
daba a un sótano; Samuel bajo con el cuerpo lentamente…
III
Las notas de un viejo piano de tubo,
con melodía de Bach, sonaban en el desolado e inmundo castillo Ward. Gritos de
mujeres, hombres y niños se escuchaba detrás de sus muros de piedras húmedas y
roídas por la niebla, ¿Quiénes eran? ¿Qué diablos hacia esa gente allí? En
realidad nadie lo sabía, hasta ese instante infeliz de infamia y de muerte se
hacía eterno en la penumbra para esas almas atrapadas; ya eran varios meses transcurridos donde los
habitantes del “Páramo” desaparecían,
pero nadie en todo el pueblo quería pensar que todos ellos se encontraba en las
manos del sucio Doctor, un ser extraño de otro mundo macabro, de otra dimensión
de la vida y de la muerte; un coleccionador de almas y de cuerpos, un
arrebatador de espíritus, de vidas, quizá nadie del pueblo se atrevía por miedo
a él, a su desconocida corporeidad, nadie sabía realmente como era su aspecto,
y muchos comentaban que era un hombre, un Doctor de mil caras; y todos
sospechaban de sus costumbres endemoniadas del inframundo; pero a la gente del “Páramo” le gustaba vivir engañada, en
una hipocresía donde sus habitantes dormían, con su único verdadero dueño, un
ser espectral surgido de la dejación y el pecado, que calla el silencio de los
zombis, que merodea en las calles desoladas del pueblo.
Samuel terminó de bajar el pesado
cuerpo de Ángel, los escalones de adoquines antiguos, quizá de la era medieval,
llevaban a un corredor oscuro, rodeado en cada extremo por antorchas mal prendidas;
las ratas corrían por los pies de Samuel, junto a su caminar lerdo por el
pasadizo, un pequeño quejido de Ángel lo alertó, se quedó inmóvil…, esperó unos
veinte segundos aguantando la respiración, luego prosiguió y bajó lentamente
por las escaleras…, de vez en cuando se escuchaba un alarido o especie de grito
confuso, no se sabe si es humano o animalesco, si es de transformación o de
dolor, pero el aire nauseabundo trasladaba el eco de los muertos por todo el
sótano podrido; Samuel dejó el cuerpo en una especie de mesa de piedra y sujetó
los pies y manos de Ángel, los ató con una soga, que estaba conectada a una
máquina de estiramiento, una máquina de tortura medieval; y aun así, Ángel, no
despertó.
En los estantes del sótano había
cientos, quizá miles de frascos de vidrio, estaban adheridos a las paredes de
adoquines roídos, en su interior había corazones, pulmones, cerebros, hígados,
y estómagos humanos…, de todos los tamaños y todos los colores; más abajo,
había otro estante con frascos de mayor tamaño con fetos en distintos meses de
gestación, y me atrevería a decir, de distintos espectros o seres cuasihumanos
que no puedo describir – ¡Oh! ¿Qué rayo eran esas cosas? ¿Qué ser humano o
animal sería capaz de elaborar asesinatos en masa, solo por diversión o
colección?–, cualquiera pensaría en esta expresión, pero la verdad es que no
había expresión alguna que pudiera referirse al contenido de esos frascos. En
otro estante, en el extremo opuesto, había cientos de ganchos, así como
aquellos que uno ve en las carnicerías y matadero de ganado, donde la carne de res cuelga como si nada; solo, que
esta vez, no era carne de res, sino carne humana, docenas…, no perdón, centenas
de piernas, brazos y cabezas separadas y clasificadas en hombres, mujeres, ancianos
y niños…, algunos restos estaban más frescos que otros, y muchos estaban en
notable descomposición. En el suelo había una reja encadenada, en el fondo se
podía ver un sótano o pozo si se quiere, aún más profundo y húmedo, y muy lejos
en un extremo visual, unos espectros abrían y cerraban la boca simulando una
congoja o lamento…, casi inaudibles eran aquellos gritos de horror y
desesperación; y en ese fondo decrepito había lo que parecía figuras humanas,
con vida aun, se podría decir…, sobrevivientes o quizá una horrorosa
alucinación, las rodeaba un lago de agua purpurina y ensangrentada…, y del
fondo, sin aviso previo, emergió una bestia con brazos ventosos, que las mutilaba con su tenaza en forma de
hacha, lo hacía despiadadamente, y luego las engullía con una sonrisa sardónica,
una ligera expresión de inocencia en sus ojos verdes, hacía aún más macabra la
escena. La bestia, se meneaba en un vaivén demoníaco mientras que de sus
extremidades se desprendía costras y verrugas, como tumores adheridos, una
especie de nervio aparente y con vida propia que simulaba ser criaturas del
hades, le ayudaba a desmembrar los restos humanos.
Mientras tanto, Samuel preparaba una
extraña mezcla a los pies del cuerpo de Ángel, y le introdujo una aguja ansiolítica por el
cuello…se escuchó un leve quejido, pero eso fue todo. La bestia que merodeaba
en el pozo chillaba como un puerco, mientras la extraña sustancia verdosa se
introducía lentamente.
IV
-¿Está listo el cuerpo? –Instó el Dr.
Ward – lo quiero dulce, ¡dulce como la sangre!
-Sí –contestó Samuel –…, mi señor, le
pido con misericordia que me deje realizar el primer corte.
-¿A qué se debe tu petición tan carnal?
El Dr. Ward se quedó pensativo tras las
sombras.
-Quiero sentir…esa sensación
desquiciada de perforar la piel y arrancar los órganos de cuajo –recitó Samuel
–, quiero que la sangre fluya por mis manos y remorder la lava inmunda de este
cuerpo caliente.
El deseo diabólico de Samuel puso atónito al
mismo domador.
-Está bien, ¡báñate de sangre entonces!
–el doctor soltó una fúnebre risotada
Samuel comenzó a partir el cuerpo en
dos…, Ángel abrió los ojos con el primer corte y supo que su fatídica muerte
estaba a punto de celebrarse; su mirada se incrustó en los ojos del doctor,
pidiendo y suplicando vida, intentó abrir su boca amordazada y meneó su cabeza
de hito a hito, negando la situación; miró alrededor, y su cara se desfiguró al
ver los cientos de frascos con órganos en su interior; el domador se acercó y
le dijo:
-¿Sabéis lo que mi querido asistente te
ha inyectado? –El doctor acarició suavemente la cara de Ángel –, pero este, con
lagrima en los ojos, intentó un grito en la penumbra.
-Es una sustancia que yo mismo he
creado, la he usado con los cientos de cuerpos que he masacrado, no solo aquí
en el “Páramo” ¡tu maldito pueblo!,
sino en varios más… ¿Recuerdas los cuerpos del río? Lo que te hable en ese bar
de mala muerte…, bueno esos cuerpos también fueron míos, esos y cientos de
ellos; todos, están en mi gran colección…
Y respecto a la sustancia, es un
inhibidor de dolor y permite que veas todo el procedimiento de extirpación…, te
mantiene vivo hasta que arranque tu cerebro.
Ángel dio un rugido de rabia y espanto;
recordó sus últimas horas en el Club
Dublas, esos últimos sorbos de cerveza, la conversación sin sentido con el
cantinero y pensó –esas fueron mis últimos momentos, en un puto bar –, luego
intentó asumir su situación, pensó en
todas las cosas que había logrado en su vida; pero no era nada, ningún recuerdo
de algo bueno; y esa misma sensación lo llevó a otro nuevo
pensamiento:–necesito algo bello en mi vida, algo en que ser bueno –, el poder
de concentración en aquella remembranza era tan fuerte, que por un momento se
olvidó de la terrible situación.
Samuel dio el primer corte…, pero
luego, el domador le arrebató el bisturí y siguió el procedimiento con gran
morbosidad, su rostro reflejaba la furia de un demonio apunto de devorar a su
víctima; Samuel se sintió desplazado y quedó hacia un costado de la camilla de
piedra y observó con desdén a su amo. Lo primero que extirpó fue el corazón, lo
alzó con sus garras como trofeo y lo posó en la cara de Ángel, luego siguió con
los pulmones, estómago y riñón, lo último en extirpar fueron las vísceras; en
cada órgano que arrancaba, una risa más diabólica y funesta clamaba…, los ojos
de Ángel yacían de frente a los del domador,
con indiferencia, inexpresivos, como si no sintiera dolor, asumidos en
la aflicción y entregados al verdugo del infierno.
El Dr. Ward se dispuso a finalizar esta
carnicería decrepita y con una cierra de mano
comenzó a partir el cráneo de Ángel; que, producto de la sustancia
ansiolítica, aún seguía vivo, aunque su alma ya deambulaba juntos a las miles
de sombras impregnadas en las paredes del castillo; Samuel, no paraba de mirar
de soslayo y con desdén a su amo, poco a poco aquella mirada se trasformó en
furia…, las sombras se paseaban por el sótano, la bestia chillaba en el pozo,
como un enfermo de manicomio, los gritos humanos aún se escuchaba tras las
jaulas; el domador no paraba de cortar el cráneo del cuerpo ya sin vida con su
sonrisa diabólica… y de pronto, sin explicación alguna el domador se detuvo…,
una estaca lo había atravesado por la espalda de par en par…, se volteó y vio a
Samuel con lágrimas de cólera en los ojos.
-¿Qué has hecho? ¡Maldito estúpido! –refunfuñó
adolorido.
-Yo no soy tu condenado esclavo
–replico Samuel –SOY EL MISMÍSIMO DOLOR
que ruge en estas piedras, y las sombras escuchan mi alarido…
***
GTF

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